Si echa un vistazo a la Alemania actual, se dará cuenta de una cosa: La situación energética es diferente a la de hace veinte años. Y fundamentalmente. Hace dos décadas, Alemania era considerada el epítome de la estabilidad industrial. Suministro eléctrico fiable, precios del gas previsibles, infraestructura de red robusta. La energía no era una cuestión política permanente, sino algo natural. Estaba ahí. Funcionaba. Era asequible. Era -y esto es crucial- planificable.
Hoy, sin embargo, la energía se ha convertido en un factor estratégico de incertidumbre en Europa, especialmente en Alemania. Los precios fluctúan, la industria desplaza sus inversiones, los debates políticos giran en torno a las subvenciones, las reservas de emergencia y las dependencias. La energía ya no es sólo infraestructura: es factor de poder, margen de negociación y palanca geopolítica.
En este artículo queremos seguir con calma esta evolución. No de forma alarmista o conspirativa, sino paso a paso. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué decisiones se han tomado? ¿Quién se beneficia? Y sobre todo: ¿cómo un continente que era soberano en materia de política energética ha acabado en una situación en la que apenas tiene control independiente sobre su fundamento más básico: su abastecimiento energético?