Bajo el hielo de Groenlandia se esconde una promesa que lleva años cautivando la imaginación de políticos, empresarios e inversores: tierras raras, minerales críticos, petróleo, gas y otras materias primas que podrían cobrar cada vez más importancia en un mundo ávido de recursos. Cuanto más transforma el cambio climático las regiones árticas, más a menudo se describe a Groenlandia como el futuro beneficiario de esta evolución.
Pero la ecuación no es tan sencilla. Entre los yacimientos geológicos y una explotación económicamente rentable se interponen decisiones políticas, altos costes, la falta de infraestructuras, la fluctuación de los precios de las materias primas y una población que no tiene por qué apoyar cualquier forma de desarrollo industrial. Por lo tanto, Groenlandia no es tanto un gigante seguro de las materias primas como un ejemplo de lo grande que puede ser la brecha entre el potencial y la realidad.