Hay debates políticos y sociales que no son lineales. Vienen en oleadas. El fracking es uno de ellos. Durante años, el asunto pareció zanjado en Alemania. Con el paquete legislativo de 2016 y el reglamento resultante de 2017, el marco quedó claro: no se practicará el fracking comercial en yacimientos no convencionales. El debate se calmó y la cuestión desapareció en gran medida de la escena pública. Fue como si se hubiera tapado.
Pero esta impresión era engañosa. Mientras el debate en Alemania se apaciguaba, el mundo cambiaba en el trasfondo. El suministro energético, que durante mucho tiempo se había considerado relativamente estable, se vio sometido a una presión cada vez mayor. Los precios empezaron a fluctuar, las cadenas de suministro se hicieron más frágiles y aumentaron las tensiones geopolíticas. Los acontecimientos de 2022 a más tardar dejaron claro que la energía no es una cuestión de rutina, sino un bien estratégico.