A menudo son las pequeñas cosas las que te hacen dudar. Nada de grandes acontecimientos, nada de pausas ruidosas, sino más bien un momento tranquilo en el que te paras y te preguntas: ¿no era diferente antes? Hace poco tuve un momento así en el supermercado. Una tienda que conozco desde hace muchos años. Uno de esos lugares en los que no tienes que pensar. Sabes dónde están las cosas. La leche al fondo a la derecha, el pan delante a la izquierda, las rutas habituales entre medias. Es una forma silenciosa de fiabilidad que apenas se nota en la vida cotidiana, siempre y cuando esté ahí.
Pero esta vez algo era diferente. Estaba buscando. No durante mucho tiempo, pero sí más de lo habitual. La leche ya no estaba donde siempre. Unos pasos más allá, luego otra vez atrás. Por fin la encontré, pero la duda persistía. ¿Por qué? Al principio parece banal. Una estantería se cambia de sitio, un producto se traslada. Eso ocurre. Pero cuando esos momentos se acumulan, todo pierde su carácter aleatorio. Crea una impresión difícil de captar, pero tangible: aquí se cambia algo, no para mí, sino conmigo.