Me fijé en Helge Schneider muy pronto. No porque fuera especialmente ruidoso o destacara, al contrario. Fue esa peculiar mezcla de absurdo inteligente, pensamiento lingüístico lateral y naturalidad musical lo que se me quedó grabado. Algo me pareció diferente desde el principio. Sin emoción. Poco impresionado. Y, sobre todo, que no necesitaba explicación.
Este retrato no es, por tanto, un texto para fans. Tampoco es un guiño irónico ni un intento de encasillar a Helge Schneider en un casillero cultural. Es más bien un intento de observar a una personalidad que se ha resistido sistemáticamente a cualquier forma de apropiación durante décadas, y que muestra actitud precisamente por ello.