Este artículo no es una acusación contra la electromovilidad. Tampoco es un intento de denigrar un desarrollo tecnológico que funciona perfectamente bien para muchas personas en su vida cotidiana. Escribo este texto porque en los últimos años me ha quedado cada vez más claro que existe una brecha entre la narrativa política, la percepción pública y la realidad física de la que apenas se habla. Y no lo escribo desde la perspectiva de un extraño. Yo mismo conduzco un híbrido enchufable desde hace años. Conozco la conducción eléctrica por experiencia propia, no por folletos ni tertulias. Sé lo agradable que es deslizarse silenciosamente por la ciudad, lo directa que es la entrega de potencia y lo relajado que se siente. Cualquiera que haya conducido un coche eléctrico con regularidad comprende rápidamente por qué esta forma de conducción es emocionalmente convincente. No hay nada que minimizar al respecto.
Precisamente por eso creo que es necesario dar un paso atrás y preguntarse con seriedad: ¿qué consiguen realmente estos vehículos, y a qué coste, sistémicamente hablando?