Donald Trump no es una figura política corriente. No es un estadista clásico, ni un soldado de partido entrenado ideológicamente, ni un producto de décadas de redes de Washington. Por encima de todo, Trump es una cosa: una pantalla de proyección. Para esperanzas, para miedos, para ira, para rechazo... y para expectativas que van mucho más allá de políticas concretas. Esta es precisamente la razón por la que un retrato suyo tiene sentido. No porque tenga que gustarte o disgustarte, sino porque hace visible algo que ya estaba ahí.
Trump no sólo representa decisiones o programas. Representa una ruptura en la autoimagen política del mundo occidental. Y esta ruptura no puede explicarse considerándolo simplemente un „populista“, un „provocador“ o un „accidente de la historia“. Si se quiere entender a Trump, hay que verlo a la vez como un síntoma y como un actor.