Para muchos -y yo mismo pensé lo mismo durante mucho tiempo- la propaganda era algo que se aprendía en las clases de historia. Un tema que parecía estar firmemente localizado: en el Tercer Reich, quizás incluso en la RDA, es decir, en sistemas claramente definidos y autoritarios. Se nos enseñaba que la propaganda existía allí porque estos sistemas la necesitaban, y que en realidad no desempeñaba ningún papel en una sociedad abierta y democrática como la República Federal de Alemania.
Esta visión era cómoda. Y fue plausible durante mucho tiempo. Porque la propaganda casi siempre se mostraba como algo obvio: como un eslogan, como un cartel, como imágenes marciales. Algo que se reconoce nada más verlo y de lo que uno puede distanciarse interiormente. Hoy, esta certeza parece frágil. No porque la gente haya cambiado de repente, sino porque la forma de influencia ha cambiado. Y precisamente por eso merece la pena aclarar con calma y sin agitación lo que es realmente la propaganda, y lo que no es.