Hay temas a los que uno no se dedica activamente, pero que en algún momento se imponen por sí solos. Groenlandia pertenece a esta categoría desde hace mucho tiempo. Una isla grande y remota en el extremo norte, con poca población, mucho hielo y mucha naturaleza. No es un tema clásico del día a día, ni un tema político candente. Esto ha cambiado notablemente en los últimos meses.
El creciente número de informes, comentarios y titulares sobre Groenlandia -y, sobre todo, las reiteradas declaraciones de Donald Trump- han colocado de repente a la isla en el centro de un debate internacional. Cuando un antiguo y posiblemente futuro presidente de Estados Unidos habla públicamente de querer „comprar“, „apoderarse“ o tomar el control de una zona, esto atrae inevitablemente la atención. No porque tales declaraciones deban tomarse inmediatamente en serio, sino porque plantean cuestiones que no deben ignorarse.