Comparativamente, no me afectan los altos precios de la energía en mi vida cotidiana. Trabajo principalmente con ordenadores Apple, optimizados para ser eficientes desde hace años, y me muevo por la ciudad casi exclusivamente con electricidad. Sobriamente hablando, eso no cuesta un ojo de la cara. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en una cosa: a nuestro alrededor, las empresas están sufriendo presiones, los centros de producción cierran o se trasladan. La misma frase aparece una y otra vez en conversaciones, informes y notas al margen:
Los precios de la energía son demasiado altos.
Si se mira más de cerca, surge una extraña contradicción. Para muchos particulares, la energía se ha encarecido notablemente, pero sigue siendo asumible. Para las empresas, en cambio, parece amenazar cada vez más su existencia. Esto plantea inevitablemente la pregunta: ¿Cuál es la verdadera razón? ¿Y por qué es tan difícil obtener una respuesta clara y comprensible?