Cuando se aborda un retrato de Nina Hagen, es tentador hablar primero de música. Del punk, de la provocación, de las actuaciones estridentes. De todo lo que es ruidoso y visible. Este retrato empieza deliberadamente de otra manera. No con canciones, ni con estilos, ni con imágenes. Sino con algo más silencioso y más importante: la actitud.
La actitud no es una etiqueta. No puede ponerse como un disfraz, pegarse después o explicarse con marketing. La actitud es evidente en el comportamiento temprano, mucho antes de que alguien se haga famoso. Se puede ver en cómo alguien reacciona a las limitaciones, a las contradicciones, al poder. Y aquí es donde Nina Hagen se vuelve interesante, no como icono, sino como personalidad.