No escribo este artículo como médico, ni como profesional de la salud ambiental, ni como „experto“ en el sentido tradicional, sino por experiencia directa. Llevo unos cinco o seis años sufriendo sensibilidades químicas, a veces más fuertes, a veces más débiles, pero claramente perceptibles durante periodos de tiempo más largos.
Echando la vista atrás, todo empezó para mí en un momento que coincidió con una intervención dental: después de que me extrajeran una muela, fui experimentando gradualmente reacciones que nunca antes había experimentado. Ya entonces sospeché que posiblemente no se trataba „sólo“ de un problema ambiental, sino que también podía estar relacionado con el propio cuerpo, con la regulación del estrés, quizá incluso con los dientes, la mandíbula o todo el sistema que hay detrás.