Se habla mucho de la guerra. En las noticias, en las tertulias, en los comentarios, en las redes sociales. Casi ningún otro tema está tan presente y, al mismo tiempo, es tan extrañamente abstracto. Cifras, mapas, líneas de frente, evaluaciones de expertos. Sabemos dónde está ocurriendo algo, quién está implicado y qué está en juego. Lo que falta casi por completo son las voces de quienes han vivido la guerra en lugar de declararla.
Tal vez sea porque estas voces se están callando poco a poco. Pero quizá también porque hemos olvidado cómo escucharlas.
La guerra como experiencia, no como opinión
Hoy en día, la guerra es a menudo un tema de discurso. La gente se posiciona, categoriza, evalúa, expresa indignación o relativiza. Todo ello con una naturalidad que irrita cuando se yuxtapone a los relatos de quienes estuvieron allí. Personas a las que no se les preguntó si querían participar. Personas para las que la guerra no era un argumento, sino una condición.
Mis abuelos pertenecían a esta generación. No „hablaban de la guerra“, hablaban de ella, a veces con indiferencia, a veces entrecortadamente, a veces con frases que un niño no podía clasificar. No eran grandes discursos. Más bien astillas. Escenas. Observaciones. Y precisamente por eso tuvieron un efecto duradero.
La inspiración de este texto
El impulso real para este artículo no vino de un libro o un documental histórico, sino de una frase corta y casual de Harald Schmidt. En una entrevista reciente, dijo que tal vez falte algo en nuestro tiempo: las abuelas y abuelos que aún estaban en la guerra y podían hablar de ella.
Harald Schmidt con Monika Gruber: La guerra y la histeria mediática | El Gruabian
No era una frase patética. Más bien una observación sobria. Y precisamente por eso me ha tocado la fibra sensible. Porque cuanto más se piensa en ello, más claro resulta: Con la desaparición de esta generación, no sólo desaparece la historia contemporánea, sino también una forma muy concreta de hablar de la violencia, la responsabilidad y la dignidad.
Contar en lugar de explicar
Lo que caracterizaba a estas historias era su moderación. Mis abuelos rara vez juzgaban. No explicaban por qué algo estaba bien o mal. Describían lo que había ocurrido y, a veces, lo que les había afectado. A menudo décadas después, a veces sólo indirectamente.
Esto hace que estas historias sean fundamentalmente diferentes de los debates bélicos actuales. Allí todo gira en torno a la soberanía de la interpretación, los relatos y la superioridad moral. Con los abuelos, se trataba de recuerdos de los que no podías deshacerte y de experiencias que no podían resumirse de forma significativa.
Una generación sin elección
Ambos abuelos eran soldados. No porque quisieran, sino porque no había alternativa. Bachillerato de urgencia, servicio militar obligatorio. No fue una decisión individual, sino parte de una época en la que las biografías se determinaban desde fuera. Quienes hoy aplican normas morales en retrospectiva a menudo no reconocen este marco histórico.
Eso no significa una disculpa. Pero sí significa contexto. Y el contexto es un requisito previo para cualquier comprensión seria.
Por qué estas historias son difíciles de soportar hoy en día
Tal vez esta generación esté desaparecida no sólo porque haya envejecido y muerto. Quizá también falten porque sus historias son incómodas. No encajan en campos bien definidos. No son fáciles de instrumentalizar. Contradicen las simples narrativas del bien y el mal, del culpable y la víctima, de lo correcto y lo incorrecto.
- Un abuelo que dispara deliberadamente al pasar.
- Otro que da una orden y décadas después reconoce un agujero en la torre de la iglesia.
- Un músico que sigue siendo humano con una flauta, donde la humanidad en realidad no tiene cabida.
Estas historias exigen algo más que aprobación o rechazo. Exigen que se les escuche.
La memoria como responsabilidad
Antes, estas historias se contaban con toda naturalidad. En la mesa de la cocina, en un paseo, en el salón por la noche. No de forma sistemática, ni planificada, sino presente. Hoy nos gusta delegar el recuerdo en museos, días conmemorativos y documentales. Eso es importante. Pero no sustituye a la transmisión personal.
Este artículo no es una contribución histórica en sentido estricto. Es un intento de captar algo que de otro modo se perdería: las historias calladas, contradictorias, a veces difíciles de soportar, de dos hombres que cumplieron con sus deberes -y llevaron consigo sus huellas durante toda una vida.
Sin acusación, sin recurso
Lo que sigue no es una acusación ni un ajuste de cuentas. Tampoco es un comentario político. Es una colección de recuerdos tal y como fueron contados. Incompletos, subjetivos, a veces fragmentarios. Pero ahí reside su verdad.
Quizás haya algo en estas historias que realmente falta en nuestro tiempo: una humildad ante la realidad de la guerra. Y una desconfianza ante los juicios demasiado rápidos.
De eso trata este texto.
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Dos abuelos, una generación sin elección
Cuando hoy se habla de la guerra, casi siempre hay una pregunta implícita: ¿Por qué participamos en ella?
Esta pregunta es comprensible, pero a menudo se formula incorrectamente. Presupone una libertad de elección que no existía para la generación de mis abuelos.
Ambos eran soldados. No por convicción, ni por sed de aventuras, ni por fervor político. Sino porque estaban destinados a serlo. Uno con un certificado de estudios de emergencia, el otro por la vía normal del servicio militar obligatorio. La vida no había planeado un desvío en este punto.
El deber como estado normal
Para esta generación, el deber no era una gran palabra. Era una condición. Algo que no cuestionabas constantemente, sino que aceptabas, igual que aceptas el tiempo o una mala cosecha. Podías quejarte de ello, podías intentar evadirte interiormente, pero difícilmente podías escapar de ello.
Hoy en día, a la gente le gusta mirar atrás y preguntarse por qué no dijeron simplemente „no“. Esta pregunta suena lógica, pero revela sobre todo una cosa: una falta de sensibilidad ante la realidad de la época. Un „no“ no era simplemente una decisión, sino una ruptura con todo: familia, entorno, supervivencia. Quien hoy lo pase por alto desde una distancia segura, confunde valentía con anacronismo.
Ni héroes, ni monstruos
Mis abuelos no eran héroes. Pero tampoco eran monstruos. Eran personas en una situación histórica que hoy apenas podemos imaginar, y quizá ya no queramos imaginar.
Lo que decían nunca era heroico. No se trataba de victorias, honores o astucia estratégica. Se trataba de frío, hambre, miedo, espera. Se trataba de situaciones en las que había que funcionar porque pensar era peligroso. Y sobre decisiones que tenían menos que ver con la moralidad que con la supervivencia.
Es precisamente esta sobriedad la que distingue sus relatos de muchas interpretaciones posteriores de la guerra.
El silencio entre las historias
Lo sorprendente no fue sólo lo que se contó, sino también lo que no se contó. A menudo había largas pausas entre las anécdotas. Temas que nunca se tocaban. Preguntas que uno intuía de niño, pero no hacía. No por miedo, sino por un respeto instintivo.
Este silencio no era represión en el sentido clásico. Era más bien una forma de autoprotección, y quizá también de consideración hacia los oyentes. Al fin y al cabo, quien cuenta la historia no sólo transmite sus propios recuerdos, sino que también pone una carga en manos de los demás.
La guerra como punto de inflexión biográfico
Para ambos abuelos, la guerra no fue un capítulo cerrado que simplemente cerraron cuando regresaron a casa. Fue un punto de inflexión que marcó el resto de sus vidas, a veces visiblemente, a veces sutilmente.
La elección de carrera, la vida familiar, la gestión de conflictos, incluso el cuerpo: muchas cosas sólo adquirieron un significado diferente en retrospectiva. No todo podía clasificarse claramente. Pero la experiencia de la guerra siempre estaba ahí, como un trasfondo silencioso.
Quizás ésta sea una de las mayores ideas falsas de las representaciones modernas de la guerra: la suposición de que la guerra termina con el último disparo. Para los afectados, la parte larga y poco espectacular suele empezar después: la continuación de la vida.
Distancia histórica y atajos morales
Resulta tentador emitir juicios claros desde la perspectiva actual. Las coordenadas morales parecen claras, los hechos históricos accesibles. Pero esta claridad a menudo sólo surge a través de la distancia temporal. Los que están en medio de los acontecimientos no la tienen.
Mis abuelos nunca intentaron justificar su tiempo. Pero tampoco se dejaron condenar prematuramente. Sus historias no eran una defensa. Eran relatos de sus experiencias.
Y tal vez ésta sea precisamente su fuerza: no exigen aprobación, sino atención.
Diferencias generacionales en el pensamiento
La diferencia en el tratamiento de la culpa y la responsabilidad es también sorprendente. Mientras que los debates actuales tienden a personalizar claramente ambas, el pensamiento de la generación de la guerra era a menudo más sistémico, sin conocer esta palabra.
Formabas parte de un aparato. Eso no te eximía de responsabilidad, pero cambiaba su forma. La responsabilidad no se discutía, se asumía. A veces en silencio, a veces para toda la vida.
Desde la perspectiva actual, esta actitud parece extraña. Tal vez incluso irritante. Pero explica por qué muchas de estas personas no hablaban en voz alta de su pasado, y por qué sus pocas historias eran aún más importantes.
Mirar hacia delante, no hacia atrás
Ambos abuelos fueron pragmáticos a su manera después de la guerra. Se trataba de reconstruir, formar familias, encontrar trabajo, establecer la normalidad. El pasado no se suprimió, pero tampoco se convirtió en el centro de la vida.
Esto no significa que no hubiera luchas internas. Pero rara vez se exteriorizaban. Quizá porque la gente creía que la vida no les debía ninguna compensación. Quizá también porque se había aprendido a vivir con lo inacabado.
Una generación que desaparece
Con la muerte de esta generación, no sólo desaparece la memoria personal, sino también una determinada actitud ante la vida. Una actitud que se basaba menos en la explicación que en la experiencia. Menos en el juicio que en la aceptación.
Este capítulo no pretende crear un mito. Pretende captar algo que de otro modo se perdería: el contexto en el que se desarrollan las siguientes historias. Dos vidas marcadas por una época en la que las opciones eran limitadas y en la que las decisiones a menudo sólo se reconocían como tales en retrospectiva.
A partir de aquí, las historias individuales pueden entenderse mejor. No como casos individuales, sino como expresión de una generación que ha aprendido a vivir con la incertidumbre, y con sus consecuencias.
El abuelo que falló a propósito
Hay historias que no se pueden contar en voz alta. No porque sean espectaculares, sino porque tocan una decisión interior que difícilmente puede explicarse. La historia de mi abuelo es una de ellas. Estaba en el frente, en algún lugar del Este, en las trincheras. Y me contó que disparaba deliberadamente sobre la gente siempre que podía.
No al lado. No lejos. Sino conscientemente por encima.

Sin grandes escenas, sin gestos
Nunca contó esta historia de forma dramática. No había patetismo ni temblor en su voz. Era más bien una frase de hecho, casi casual, como decir que estaba lloviendo o que hacía frío. Precisamente por eso resultaba tan impresionante.
No lo ha dicho: Fui valiente.
No lo ha dicho: Puse resistencia.
Sólo dijo análogamente: No quería matar a nadie.
Es una frase sencilla. Y al mismo tiempo increíblemente difícil.
Decisión obligatoria
Lo que a menudo se pasa por alto: Esta decisión no se tomó en un vacío moral. Se tomó en pleno sistema bélico. En una situación en la que se esperaba obediencia, en la que el funcionamiento era esencial para la supervivencia y en la que la desviación podía ser peligrosa.
No fue una decisión contra la guerra. Fue una decisión a favor de la guerra. Y ahí radica precisamente su importancia. No eludió la matanza huyendo o negándose -ambas cosas apenas eran posibles-, sino mediante un cambio mínimo en sus acciones. Cumplió con la forma exterior y retiró el núcleo interior.
Dignidad a pequeña escala
Hoy en día, la dignidad se asocia a menudo con grandes gestos. Con posicionamiento público, con compromisos claros. Esto no tiene cabida en la guerra. La dignidad no se demuestra a gran escala, sino a pequeña escala. En decisiones que nadie ve. En acciones que no tienen testigos.
Disparar sobre alguien no es un acto heroico. No es un signo de fuerza. Es una forma silenciosa de resistencia, si es que se quiere utilizar esa palabra. Quizá sea más apropiado hablar de autoafirmación.
Se quedó consigo mismo, donde todo estaba diseñado para disolver al individuo.
La cuestión de la culpabilidad
Por supuesto, la cuestión de la culpabilidad surge en retrospectiva. ¿Podría haber hecho más? ¿Debería haber actuado de otra manera? Estas preguntas son comprensibles, pero a menudo infructuosas.
Porque presuponen que habría habido una alternativa clara y sin ambigüedades. Una opción que no habría tenido consecuencias. Esta suposición es conveniente, pero errónea.
Mi abuelo no se declaró inocente. Ni trató de encubrirse a sí mismo. Simplemente me dijo dónde estaba su límite y que no lo había cruzado.
El borde interior
Este límite no era negociable. No era el resultado de una larga deliberación, sino una certeza interior. Algo que quizá no puedas justificar, pero que sí puedes sentir.
Esto es precisamente lo que distingue esta historia de las construcciones morales posteriores. No es teórica. Es existencial. No plantea preguntas: ¿Qué es lo correcto?
Sino más bien: ¿Qué puedo acordar conmigo mismo?
Esta cuestión no sólo se plantea en la guerra. Pero se vuelve radical en la guerra.
No juzgar a los demás
Lo que no dijo también es importante. Nunca juzgó a otros soldados. Nunca afirmó que hubieran actuado mal. Nunca estableció una jerarquía de moralidad.
No contó su historia para destacar, sino para comunicar algo. Quizá también para desahogarse. Pero desde luego no para ponerse por encima de los demás.
Esto es lo que da credibilidad a esta historia. No es una declaración moral. Es un relato personal.
Realizaciones tardías
De niño, oía esta historia sin entenderla realmente. Me sonaba extraña, casi contradictoria. Fue mucho más tarde cuando me di cuenta de todo lo que contenía esta frase.
No matar donde se espera que se mate no es algo natural. Es una desviación consciente. Y tiene un coste. Quizá no inmediatamente, pero sí a largo plazo. Porque los que se resisten interiormente llevan consigo esta tensión. No se disuelve sin más.
Conexión con la vida posterior
Mirando hacia atrás, esta decisión parece un marcador temprano. Un punto en el que se decidió algo. No como una historia heroica, sino como una línea interior que no se cruzó más tarde.
Tal vez eso explique también por qué la guerra no terminó simplemente para él cuando terminó oficialmente. Las decisiones tomadas bajo una presión extrema dejan huella. Aunque parezcan „correctas“.
O justo entonces.
Matanza y dignidad
Esta historia aborda una cuestión que no se limita a la guerra: la cuestión de la dignidad humana, incluso en nuestros propios actos. Matar es un acto irreversible. No sólo cambia la vida de los demás, sino también la propia. Por ello, en otro artículo planteo una pregunta sencilla: ¿Es indigno matar?
Mi abuelo se trazó esta línea. En silencio. Sin público. Sin protección. El hecho de que hablara de ello es quizás el verdadero acto de transmitirlo. No como modelo, no como referencia. Sino como una invitación a reflexionar.
Una forma tranquila de actitud
En una época en la que las posturas morales suelen defenderse a voz en grito, esta historia parece casi ajena. Se las arregla sin palabras de moda. Sin llamamientos. Sin exigencias. Demuestra que la actitud no siempre es visible. Que a veces se manifiesta en un movimiento mínimo, en la elevación del cañón de un arma unos pocos grados.
Eso era todo lo que era. Y eso es todo lo que necesitaba.
El flautista cautivo: la música como salvavidas
El abuelo del que hablo fue músico desde muy joven. En aquella época, no era un músico profesional en el sentido actual, no era un virtuoso para los grandes escenarios. Pero era alguien para quien la música no era un pasatiempo, sino parte de su identidad. Tocaba la flauta, y este instrumento era algo más que un objeto. Era su „amor“, como él lo llamaba. Algo que le acompañaba, que le organizaba, que le mantenía con él. Después de la guerra, se convirtió en flautista solista en un teatro alemán de tamaño medio y deleitó al público con su música durante muchas décadas.
Quizá no sea casualidad que esta historia sea especialmente conmovedora. No trata sobre la lucha, ni sobre el mando y la obediencia, sino sobre el intento de seguir siendo humano cuando todo estaba diseñado para romper a las personas.
Renunciar a lo más valioso
Cuando fue capturado por los rusos y deportado, tenía una cosa clara: no podía perder esta flauta. Todo lo demás era reemplazable. Ropa, equipaje, incluso objetos personales. Pero no este instrumento.
El hecho de que pudiera salvarla roza lo improbable. En el tren, en algún punto del viaje hacia el este, no escondió la flauta bajo la ropa ni en el equipaje, sino que aprovechó para colocarla en el techo del vagón. La metió por una ventanilla con la esperanza de que se quedara allí.
No es una historia heroica. Es un acto de desesperación, y de confianza al mismo tiempo. Literalmente renunció a lo más valioso que tenía. Y esperó que al final le volviera a encontrar.
El hecho de que la flauta siguiera allí cuando llegó el tren es casi irrelevante. Lo más importante es que lo intentó.
Cautiverio y pérdida del papel
En cautiverio, al principio era lo que todos los demás: Prisionero. Número. Parte de una masa. Su propia biografía ya no jugaba ningún papel. Origen, educación, habilidades... todo estaba nivelado.
Y, sin embargo, algo quedaba. La flauta estaba allí. Y con ella el recuerdo de que era más de lo que se había hecho de él.
En algún momento, empezó a tocar. No públicamente, no de forma demostrativa. Probablemente más para sí mismo, tal vez para algunos otros. La música como retiro. Como un espacio interior. Como una resistencia silenciosa al silenciamiento.
El miedo a la pérdida
El hecho de que se notara que tocaba la flauta no fue una buena noticia al principio. Cuando un soldado ruso se enteró y se acercó a él, su primera reacción fue de miedo. No miedo abstracto, sino miedo concreto:
Ahora la flauta ha desaparecido.
Ahora he mostrado demasiado.
Ahora viene el castigo.
Esta reacción es comprensible. En un sistema basado en el control, cualquier desviación es arriesgada. El arte, la música, la individualidad... todo parece sospechoso allí.
Cuando el soldado se lo llevó, este temor se intensificó. Y cuando quedó claro que se dirigía al capitán, pareció confirmarse. Más poder, más peligro, más imprevisibilidad.
„Toca algo“
El momento en que el capitán le pide que toque algo marca un punto de inflexión. No fuerte, no dramático. Pero fundamental. Aquí ocurrió algo poco frecuente en la guerra: un hombre no fue juzgado por su función, sino por lo que podía hacer... y por quién era. No como soldado, ni como prisionero, sino como músico.
En última instancia, lo que jugó carece de importancia. Lo que importa es que jugó. Que tuvo el valor de no callarse en esta situación. Que no se hizo más pequeño de lo que ya se le había hecho parecer.

El hombre reconoce al hombre
El capitán escuchó. Eso no es algo normal. Escuchar es una excepción en la guerra. Significa dejar tu papel por un momento, abandonar tu distancia, dejarte tocar.
Lo que ocurrió a continuación nunca se adornó. Ni patetismo ni exageración. Pero la consecuencia fue clara: el abuelo no fue castigado. Al contrario. Fue protegido. Favorecido. Convertido en „favorito“, como él mismo lo llamaba, una palabra que suena casi absurda en este contexto. Le dijeron que a partir de entonces tocara música más a menudo, y así lo hizo.
Es importante no malinterpretar esta escena. No es una glorificación del encarcelamiento. No es una prueba de humanidad en el sistema. Es una excepción, y precisamente por eso es tan impresionante.
La música como puente
Lo que estaba en juego no era la nacionalidad, ni la ideología, ni el poder. Era la música. Algo que existe más allá de los mandatos. Algo que no necesita ser traducido.
En ese momento, la música tendió un puente en el frente. No permanente, no político, sino real. Por un momento, dos personas no eran adversarios, sino oyentes y jugadores. Un día, mi abuelo me contó que muchos de los soldados rusos y el capitán estaban incluso un poco tristes cuando mi abuelo fue liberado de su cautiverio y regresó a Alemania, porque fue entonces cuando la música cesó.
No salvó la guerra. Pero puede haber salvado una vida.
Sin gran moral
Mi abuelo nunca contó esta historia como prueba de la bondad de las personas. La contó porque seguía siendo incomprensible para él. Porque mostraba lo delgada que es la línea entre perder y conservar la propia dignidad.
No ha aprendido ninguna lección de esto. Ninguna exigencia. Ningún mensaje formulado. La historia se sostuvo por sí misma. Y funcionó, precisamente por eso.
Reverberaciones hasta hoy
Este episodio ha dejado una profunda huella. No sólo para él, sino también para quienes lo escucharon. Quizá porque demuestra lo frágil que es la humanidad y lo eficaz que puede ser al mismo tiempo.
El hecho de que esta historia siga conmoviendo décadas después no es señal de sentimentalismo. Es señal de que toca algo que es intemporal: la cuestión de lo que queda cuando se quita todo lo demás.
La cultura como última parada
Armas, marchas y órdenes aparecen en muchos partes de guerra. Pero rara vez los instrumentos. Y, sin embargo, a menudo son precisamente estas cosas aparentemente insignificantes las que marcan la diferencia. Un libro. Una canción. Una melodía.
Para mi abuelo, fue la flauta. No le liberó de su cautiverio. Pero lo mantuvo con ella. Y ese es quizás el mayor logro.
Mirando hacia atrás, esta historia parece un punto de inflexión, no en el curso externo de la guerra, sino en la experiencia interior. Demostró que, incluso en un sistema de coerción, pueden existir espacios en los que se aplica otra cosa.
No siempre. No para todos. Pero a veces. Y quizá ese „a veces“ sea suficiente para mantener una vida.
Este capítulo se sitúa entre las trincheras y el cautiverio, entre la violencia y la supervivencia. Muestra una forma diferente de resistencia: no contra el enemigo, sino contra la reducción de las personas a su papel.
Y es exactamente por eso que pertenece a esta historia.
Voces que permanecen: testigos oculares de 100 años sobre la Segunda Guerra Mundial
En un extraordinario proyecto por la paz, Daniel Pleunik pasó un año entrevistando a más de veinte testigos centenarios de la Segunda Guerra Mundial. En orden cronológico, estos ancianos describen cómo vivieron la guerra y qué creen que es necesario hacer hoy para evitar que la historia se repita. El resultado es un impresionante documento de testigos contemporáneos para conmemorar el 80 aniversario del final de la guerra.
Testigos oculares de hace 100 años hablan de la Segunda Guerra Mundial | Daniel Pleunik
Este proyecto sólo ha sido posible gracias a la confianza de las familias de cada uno de los testigos contemporáneos. Un agradecimiento especial para ellos, ya que este valioso documento no podría haberse creado sin su consentimiento. Las entrevistas se realizaron paralelamente al trabajo de Pleunik como profesional cualificado de la salud y la enfermería, impulsado por un claro deseo de hacer una contribución personal a la paz.
Azar, suerte y culpa: la historia del árbol
Algunas historias son difíciles de clasificar porque socavan cualquier lógica familiar. No encajan ni en el patrón de la valentía ni en el de la culpa. La historia del árbol es una de ellas. Proviene del otro abuelo, el que no tenía claro qué hizo y qué no hizo durante la guerra. Es precisamente esta falta de claridad lo que hace que la historia sea tan inquietante.
Es una historia sobre el azar. Y sobre lo que significa sobrevivir sin haber conseguido nada.
Una rama sobre el vacío
Dijo que los tres estaban sentados en un árbol. No en la copa, sino en una rama robusta, en algún lugar elevado, con vistas al terreno. Puestos de observación, se diría hoy. En aquel entonces, era simplemente una posición que te asignaban.
No se sentaron allí en silencio. Al contrario. Se contaban chistes. Humor negro, chistes planos, tonterías... cualquier cosa que les ayudara a soportar la tensión. Se oían disparos entre frase y frase. A veces más cerca, a veces más lejos. No era un estado de emergencia, sino ruido de fondo.
Esta mezcla de peligro mortal y cotidianidad parece absurda desde la perspectiva actual. Para ellos, era normal.
El humor como estrategia de supervivencia
El humor no era un signo de imprudencia. Era una forma de autorregulación. Si te reías, podías olvidarte de dónde estabas por un momento. Los que reían se mantenían alejados del hecho de que cada momento podía ser el último.
Mi abuelo contaba esta escena sin ironía. Era justo lo que se hacía. Hablar, reír, aguantar.
Contó un chiste. No muy bueno, como dijo más tarde. Pero lo contó como la gente cuenta historias para llenar el silencio. Durante el chiste, hubo una salva de disparos. Nada fuera de lo común. Te agachabas, agachabas la cabeza, esperabas. Rutina.
Cuando terminó la broma, no hubo ninguna reacción. Ni risas, ni comentarios, ni gemidos. En cambio, los otros dos soldados se cayeron de la rama. Sin más. Muertos.
Este momento es difícil de describir, precisamente porque es tan abrupto. No hay acumulación, no hay dramaturgia. La vida y la muerte están una al lado de la otra, separadas por segundos y por el azar.
Quedarse solo
De repente estaba sentado solo en la rama. Vivo, ileso, funcionando. No había hecho nada diferente a los demás. No había buscado mejor cobertura, no había tomado una decisión más inteligente. Simplemente había seguido sentado y hablando.
No se explica por qué sobrevivió. Y ése es precisamente el núcleo de esta historia.

„Siempre se adhieren al señor ...“
Más tarde, dijo, escuchó la frase: "Tienes que quedarte con él, tiene mucha suerte". Un típico dicho de soldado, medio en broma, medio amargo. El humor como intento de hacer tangible lo incomprensible.
Esta frase parece inofensiva. En realidad, conlleva una enorme carga. Porque la felicidad no es un logro. No es algo de lo que sentirse orgulloso. Y no es algo por lo que puedas dar las gracias sin sentirte culpable al mismo tiempo.
Aquí empieza lo difícil. La cuestión de la culpabilidad se plantea no porque haya hecho algo, sino porque no ha hecho nada que explique su supervivencia.
¿Por qué los demás?
¿Por qué no él?
Estas preguntas no tienen respuesta. Y, sin embargo, surgen, a menudo más tarde, a menudo sin ser formuladas. Mi abuelo no pensaba en ello. No utilizaba términos psicológicos. Pero entre líneas, estaba claro que esta escena permanecía. No como un trauma en el sentido clásico, sino como una perturbación en su visión del mundo.
La guerra como lugar de azar
La guerra no es un lugar justo. No recompensa lo correcto ni castiga lo incorrecto. Distribuye la muerte y la vida según criterios que desafían nuestra lógica.
La historia del árbol lo muestra con una claridad brutal. Contradice cualquier narrativa de significado, propósito o mérito. Y precisamente por eso es tan honesta. Cualquiera que conozca historias como ésta entenderá por qué a muchos de los que lucharon en la guerra les costó después hablar de la culpa. La culpa presupone acción. La guerra a menudo enfrenta a la gente con sentimientos de culpa sin acción.
La carga de la supervivencia
En general, se considera que sobrevivir es cuestión de suerte. Y por supuesto que lo es. Pero también es una carga. Una carga de la que rara vez se habla. Los que sobreviven mientras otros mueren llevan consigo una pregunta tácita. No se puede descartar, no se puede hablar de ello. Sigue siendo un compañero silencioso.
Quizá eso explique por qué mi abuelo contó esta historia y al mismo tiempo no hizo más comentarios. Estaba ahí. Formaba parte de su inventario interior. Nada más.
Esta historia no tiene conclusión. Ninguna conclusión, ninguna lección. No termina con la realización, sino con un estado: el estado de haber sobrevivido.
Y quizá sea ésta la forma más honesta de hablar de la guerra. No como una narración con un remate, sino como un fragmento. Como una escena que permanece inmóvil y no se disuelve. El árbol, la rama, el chiste, el silencio posterior... son imágenes memorables. No porque sean espectaculares, sino porque muestran lo delgada que es la línea sobre la que a veces se balancea la vida.
Este capítulo es uno de los más difíciles. No por la violencia, sino por el sinsentido que revela. Y quizás sea precisamente una de las experiencias más importantes que esta generación tuvo que transmitir.
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La torre de la iglesia en Italia: vestigios que quedan
Hay experiencias bélicas que parecen instantáneas: sonoras, abruptas, claramente perfiladas. Y hay otras que sólo despliegan su significado mucho más tarde. La historia de la torre de la iglesia en Italia pertenece claramente a la segunda categoría. No es un clímax dramático, no es un punto de inflexión en el curso de la guerra. Y, sin embargo, quizá sea una de las historias más perdurables de este abuelo.
Porque demuestra que las acciones dejan huellas, aunque parezcan no tener consecuencias.
Una observación, una orden
Desde el punto de vista militar, la situación estaba clara. Los soldados enemigos se habían atrincherado en la torre de una iglesia. Una posición elevada, buena visibilidad, un riesgo para nuestras propias tropas. Mi abuelo reconoció la situación y dio la orden de abrir fuego.
Esta es una de esas frases fáciles de escribir y difíciles de soportar. Él dio la orden. Ningún disparo personal, ningún contacto visual directo. Pero sí responsabilidad.
Los proyectiles pesados apuntaban a la torre de la iglesia. No para destruir la iglesia, sino para inutilizar la posición para los soldados enemigos. Se hizo un agujero en el tejado. Los soldados de la torre desaparecieron. No se sabe si huyeron, si resultaron heridos o algo peor.
Y es precisamente esta falta de claridad lo importante.
Sin certeza, sin conclusión
Mi abuelo nunca afirmó saber qué les pasó a los hombres de la torre de la iglesia. No dio cifras, ni resultados. No le interesaba el „éxito“ de la acción. Le interesaba el proceso.
Esto distingue esta historia de muchas otras narraciones de guerra. No termina con una conclusión, sino con una pregunta abierta. Y esta apertura la acompaña hasta la posguerra.
Décadas después: regreso
Muchos años después de la guerra, en los sesenta, mi abuelo volvió a Italia. De vacaciones. Un tiempo de paz. Sol, paisaje, ligereza. Un contraste que difícilmente podría ser mayor.
En algún momento, volvió a pararse frente a esta iglesia. No a propósito, no planeado de antemano. Simplemente estaba allí. Y con ella la torre.
Señaló hacia arriba y dijo: Le hice un agujero en la parte superior.

Los compañeros miraron. Al principio no vieron nada. Un tejado, una torre, piedras viejas. Sólo tras mirar más de cerca, tras la insinuación, tras señalar, se hizo visible: una sombra, un pequeño círculo, una irregularidad.
Este no ver es casi simbólico. Quien no sabe lo que busca, no ve nada. Las huellas de la guerra no desaparecen necesariamente, sino que se pasan por alto.
El agujero fue inmediatamente visible para mi abuelo. No como un daño, ni como un trofeo, sino como una conexión. El pasado y el presente se superpusieron de repente.
Sin orgullo, sin remordimientos
Lo que llama la atención es lo que falta en esta escena. No hay orgullo. Ninguna justificación. Ninguna frase como Eso tenía que ser o Así es.. Pero tampoco remordimientos demostrativos. Fue una declaración. Objetiva. Casi sobria. Y eso es lo que lo hizo tan impresionante.
Esta actitud irrita las expectativas modernas. Hoy en día, a menudo se espera que las personas adopten una postura clara: o confiesan o se arrepienten. La generación de la guerra se movía a menudo de otro modo. Sabían que había cosas que no se podían clasificar claramente.
Huellas en la habitación
El agujero de la torre de la iglesia es algo más que un detalle estructural. Es la huella material de una decisión. Una acción que hace tiempo que pasó y que, sin embargo, sigue siendo visible. A diferencia de los recuerdos, que se desvanecen, esta huella es real. Se puede mostrar. Se puede tocar, al menos con la mirada.
Quizá por eso esta historia resuena tanto. Deja claro que la guerra no sólo vive en la mente de las personas, sino también en el espacio. En los edificios, los paisajes, las ciudades.
Responsabilidad sin patetismo
La orden de disparar contra la torre de la iglesia no fue un caso excepcional. Formaba parte de la vida militar cotidiana. Y, sin embargo, es otra cosa enfrentarse a las consecuencias de esta orden años después.
Esto muestra una forma de responsabilidad que no es ruidosa. No hay autoacusación ni heroísmo. Sólo el conocimiento silencioso: Yo hice esto.
Esta forma de conocimiento es difícil de soportar. Quizá por eso no se compartía a menudo. Pero es una de las formas más honestas de recuerdo.
Un pasado que nunca se desvanece
Para este abuelo, la guerra no terminó simplemente cuando terminó. Reapareció: en imágenes, en lugares, en frases casuales. La torre de la iglesia es un ejemplo de cómo el pasado se hace presente de repente sin anunciarse.
Paseas por una ciudad como turista y, de repente, te encuentras en el centro de otra época.
Esta historia tampoco ofrece una lección clara. No exige un juicio. Simplemente muestra que las acciones tienen consecuencias, aunque no sean inmediatamente visibles.
La torre de la iglesia sigue en pie. El agujero sigue ahí. Y también el recuerdo. Este capítulo no trata de la culpabilidad o la inocencia. Habla de la responsabilidad que no desaparece porque pase el tiempo. Y de las huellas que permanecen, incluso cuando el mundo hace tiempo que ha dejado de existir.
Quizá sea precisamente ésta una de las experiencias más importantes de esta generación: que tienes que vivir con lo que has hecho. Sin dramatismos. Sin atajos. Simplemente llevándolo.
Cuando la guerra vuelve por la noche
Lo que se ha contado hasta ahora son historias de segunda mano. Recuerdos que se han transmitido, a veces de forma casual, a veces deliberadamente. Este capítulo comienza en un punto diferente. No en la guerra, ni en el frente, ni en el cautiverio, sino en mi propia infancia. Y en un dormitorio que se suponía que era un lugar de paz.
Aquí termina la historia del abuelo. Y aquí empiezan mis propias observaciones.
Noches que no olvidarás
De niño pasaba a menudo la noche con mis abuelos. Era algo familiar, tranquilo, nada espectacular. Y, sin embargo, había noches que permanecían grabadas en mi memoria. Noches en las que mi abuelo se despertaba de repente. No lentamente, no buscando, sino como un rayo, empapado en sudor, bruscamente.
Voló literalmente del sueño a la vigilia. Sentado erguido en la cama. Rígido. Durante segundos, a veces minutos. Sin gritar, sin hablar. Sólo tensión. Luego, igual de repentinamente, volvía a tumbarse. Y siguió durmiendo como si nada hubiera pasado.
De niño, no entiendes esas escenas. Las registras. Las memorizas. Y sientes que no debes hacer preguntas.

El dormitorio como límite
Más tarde me di cuenta de que estos episodios nocturnos probablemente no eran sin consecuencias. Mis abuelos durmieron en habitaciones separadas relativamente pronto. No sé si esa fue la única razón. Pero es difícil imaginar que esas noches no tuvieran algo que ver.
Si a alguien le arrancan el sueño por la noche durante décadas, la persona que está a su lado también se ve afectada. Insomnio, ansiedad, tensión constante... todo esto afecta no solo a la persona que sueña, sino también a la que yace a su lado.
Quizá la separación de los dormitorios no fuera un signo de distancia, sino de pragmatismo. Un intento de hacer llevadera la vida cotidiana.
La guerra después de la guerra
Durante mucho tiempo, lo que faltaba en mi percepción era la visión de conjunto. Sólo mucho más tarde se formó una imagen. Este abuelo no sólo había dejado atrás la guerra. Años después, había vuelto a ser soldado.
Cuando se fundó la Bundeswehr, a finales de los años cincuenta, le ofrecieron hacer carrera. Estaba políticamente libre de cargas, no había sido miembro del partido y no había atraído una atención negativa. En una época en la que se estaban reorganizando muchas biografías, éste era un punto crucial.
En realidad quería estudiar arquitectura. Ese era su plan original. En lugar de eso, optó por la topografía en las Fuerzas Armadas alemanas. Una decisión pragmática. Seguridad, perspectiva, orden. Así, estudió en la Bundeswehr la carrera de oficial y alcanzó el grado de teniente coronel.
Permanecer en casa en lugar de encerrarse
Esta decisión cambia la visión de las escenas nocturnas. Porque significa que no sólo la guerra no terminó para él internamente, sino que también siguió formando parte del sistema externamente. Uniforme, jerarquía, contexto militar. Aunque la topografía no tenga nada que ver con las trincheras: Sigues involucrado. Sigues siendo un soldado.
Quizá era una forma de recuperar el control. Tal vez fuera también una forma de evasión. O simplemente la mejor opción en una época que ofrecía pocas alternativas.
Lo importante es que no hubo un después. No hubo un después en el sentido de ahora se acabó.
El cuerpo recuerda de forma diferente
Mirando hacia atrás, lo que me preocupa especialmente es la forma en que la guerra se manifestó en él. No en historias sobre batallas. No en comentarios políticos. Sino en su cuerpo. En su sueño. En los momentos en que pierde el control.
El cuerpo no olvida. Ni siquiera cuando la mente ha aprendido a funcionar. Quizás justo entonces.
Estos episodios nocturnos no parecían sueños en el sentido habitual. Parecían un retorno. Como algo que no se había procesado, sino que se había desechado, y que volvía cuando nadie podía detenerlo.
Sin lenguaje para la experiencia
También se notaba de lo que no se hablaba. No de él. Ni de mi abuela. No había explicación, ni categorización. No, eso viene de la guerra. No, eso es malo. Simplemente estaba ahí.
Quizá faltaba el lenguaje. Quizá también la idea de que había que hablar de ello. En esa generación, a menudo se consideraba una fortaleza soportar las cosas. No hablar de ello. No analizarlas.
Lo que se pierde en el proceso a menudo sólo se percibe en la siguiente generación.
De pie junto a él cuando era niño
Para mí, de niño, fue inquietante, pero no traumático. Era más bien un asombro silencioso. Algo que te tomas en serio sin poder categorizarlo. Quizá también un aprendizaje temprano de la contención.
Estas escenas se han arraigado. No como miedo, sino como un signo de interrogación. Y este signo de interrogación permanece contigo, aunque no lo mires conscientemente durante mucho tiempo.
Hoy veo estas noches de otra manera. Ya no aisladas, sino insertas en una biografía que no conoció transiciones fáciles. Guerra, posguerra, rearme, carrera militar. Ninguna separación clara. Ningún final limpio.
Quizá estas continuidades expliquen algo. Quizá no del todo. Pero proporcionan un marco en el que las escenas nocturnas parecen menos misteriosas.
La guerra como cohabitante silencioso
Lo que muestra este capítulo es algo que existió -y a menudo sigue existiendo- en muchas familias: La guerra como silenciosa compañera de piso. No presente en la vida cotidiana, pero perceptible en determinados momentos.
No se sienta a la mesa. No participa. Pero viene por la noche.
Un límite personal
Este capítulo es más personal que los anteriores. Porque muestra que la guerra no es sólo historia, sino una relación. Afecta a familias, matrimonios e infancias. No de forma estrepitosa, ni espectacular, sino permanente.
Quizá sea éste el punto en el que la memoria se convierte en responsabilidad. No en el sentido de culpa, sino en el de comprensión. Comprender que lo que uno mismo ha vivido forma parte de una cadena más larga. Y que esta cadena no termina sólo porque ya no la veas.
Aquí, en estas noches, queda claro: la guerra ha terminado y, al mismo tiempo, no ha terminado.
Descansen en paz: lo que queda de estas historias
Al final de estas historias no hay una conclusión en el sentido tradicional. No hay conclusión, no hay mensaje, no hay desafío. Tal vez sea eso precisamente lo que conviene. Porque lo que se ha contado aquí desafía los resúmenes sencillos. No puede reducirse a una lección sin violentarla.
Lo que queda son voces. Imágenes. Actitudes. Y una responsabilidad silenciosa.

Sin respuestas, sólo preguntas
Estas historias no proporcionan respuestas sobre la forma „correcta“ de comportarse en la guerra. No proporcionan instrucciones morales. No muestran ni héroes ni culpables claros. En su lugar, abren preguntas incómodas, precisamente porque no pueden cerrarse.
- ¿Qué significa dignidad bajo coacción?
- ¿Qué significa responsabilidad sin elección?
- ¿Qué significa la culpa cuando decide el azar?
- ¿Y qué significa seguir viviendo con lo que has hecho, o sobrevivido?
Quizá sea precisamente esta apertura lo que falta hoy en día.
La tranquila autoridad de la experiencia
Lo que distingue las historias de los abuelos de muchos de los debates actuales es su reticencia. No querían convencer. No querían imponer nada. No querían tener razón. Contaban sus historias porque formaban parte de sus vidas.
Esta forma de autoridad es silenciosa. No se basa en argumentos, sino en la experiencia. Y exige algo que se ha vuelto agotador: escuchar sin categorizar inmediatamente.
Ninguna reivindicación de soberanía de interpretación
Los abuelos probablemente habrían sonreído si les hubieras preguntado qué deberías „aprender de sus historias“. No por indiferencia, sino por escepticismo ante las grandes palabras. Sabían que la vida rara vez resulta como uno la cuenta después.
Quizá esa sea la actitud más importante que han transmitido: Desconfianza ante las explicaciones simples. Precaución ante los juicios rápidos. Y la sensación de que la realidad es contradictoria.
El recuerdo como acto silencioso
Recordar no es un acto político en sentido estricto. Es un acto humano. Significa no dejar que algo desaparezca sólo porque es inconveniente o ya no encaja con los tiempos.
Este texto no pretende ser completo. Cuenta fragmentos. Fragmentos. Impresiones subjetivas. Pero ahí radica precisamente su honestidad.
Preserva algo que de otro modo se perdería: la conexión entre experiencia y descendencia. Entre lo que fue y lo que sigue funcionando.
Lo que podemos transmitir
Quizá nuestra tarea no sea formular respuestas, sino preservar las historias. No glorificarlas. No instrumentalizarlas. Sino mantenerlas disponibles.
Para que las generaciones posteriores comprendan que la guerra no es sólo un acontecimiento histórico, sino una condición que tiene efectos duraderos. En los cuerpos. En las relaciones. En las decisiones.
Y para que se den cuenta de que la dignidad a menudo se crea donde nadie mira.
Gratitud sin glorificación
Gratitud no es una gran palabra aquí. No se dirige a los hechos, sino a soportar. A soportar. A seguir viviendo.
Ambos abuelos desempeñaron sus tareas lo mejor que pudieron con los medios de que disponían. Hablaron sin protagonismo. Y callaron cuando las palabras no bastaban. Eso merece respeto. Quizás ese sea el tono adecuado para la conclusión: sin apelación, sin patetismo. Sólo un sereno reconocimiento de lo que fue y de lo que queda.
Estas historias no me pertenecen sólo a mí. Pertenecen a una generación que está desapareciendo lentamente. Y a una época que no deberíamos repetir, precisamente porque no podemos entenderla realmente.
Descanse en paz. No como cliché, sino como agradecimiento por contar la historia.
Y como obligación escuchar mientras sea posible.
Preguntas más frecuentes
- ¿Por qué cuenta estas historias ahora, tantas décadas después de la guerra?
Porque se necesita tiempo para entender algunas cosas. De niño, uno capta esas historias y observaciones sin poder categorizarlas. Sólo con la distancia, la propia experiencia vital y la paz interior te das cuenta de lo que realmente significan. Este „ahora“ no es una casualidad, sino el momento en que se unen la escucha, el recuerdo y la comprensión. - ¿Su objetivo en el artículo es justificar la guerra o las acciones individuales?
No. El texto evita deliberadamente cualquier justificación. No intenta reinterpretar ni relativizar la culpa. Se trata de hacer visibles las experiencias sin moralizarlas. La justificación argumenta - la memoria describe. - ¿Por qué prescinde tanto de datos históricos, cifras y detalles militares?
Porque la atención no se centra en la guerra como acontecimiento, sino en la guerra como experiencia. Los números crean distancia. Estos relatos son eficaces precisamente porque son fragmentarios, personales e incompletos. Complementan los relatos históricos, pero no los sustituyen. - ¿No es problemático contar historias de soldados de la Wehrmacht de una forma tan personal?
Sólo se vuelve problemático cuando se generaliza o se ponen excusas. El artículo no hace ni lo uno ni lo otro. Muestra biografías individuales en un contexto históricamente forzado y deja contradicciones sin resolver. Es precisamente esta ambivalencia lo que hace que las historias sean honestas. - ¿Por qué no emites un juicio moral claro sobre el comportamiento de tus abuelos?
Porque la claridad moral suele ser engañosa a posteriori. El artículo no pretende juzgar, sino comprender. Muestra dónde se trazaron los límites, dónde decidió el azar y dónde recayó la responsabilidad, sin derivar de ello categorías simples. - ¿Qué fue lo que más le conmovió de la historia del abuelo que disparó deliberadamente al pasar?
El silencio de esta decisión. No fue un acto heroico, ni una protesta, ni una rebelión. Fue un límite interior que nadie vio. Es precisamente esta invisibilidad lo que lo hace tan impresionante, y tan difícil de juzgar. - ¿Disparar deliberadamente más allá del objetivo no es también una forma de desplazamiento de la culpa?
No hay una respuesta clara a esta pregunta. El artículo no pretende resolverla. Más bien demuestra que la culpabilidad en la guerra no siempre está vinculada a hechos concretos, sino que a veces surge de la propia supervivencia. - ¿Por qué la historia de la música desempeña un papel tan importante en la flauta travesera?
Porque demuestra que la identidad puede ser algo más que un papel o una función. En una situación diseñada para reducir a las personas, la música se convirtió en el último vestigio de mismidad. Esta historia representa la dignidad sin palabras. - ¿No estás idealizando la guerra con esta historia de la flauta?
No. Precisamente porque esta escena es una excepción, la guerra no se romantiza. La historia no muestra una guerra buena, sino un raro momento de humanidad en un sistema inhumano. - ¿Por qué la historia del árbol es tan difícil de soportar?
Porque destruye cualquier noción de sentido. Nadie hace el mal, nadie hace el bien y, sin embargo, dos mueren y uno sobrevive. Esta forma de aleatoriedad es difícil de aceptar, pero es fundamental para entender la guerra. - ¿Qué significa la culpa cuando el azar decide sobre la vida y la muerte?
Quizá en estos casos signifique sobre todo: seguir viviendo con una pregunta sin respuesta. El artículo muestra que la culpa no siempre surge de la acción, sino a veces de la mera supervivencia. - ¿Por qué mencionó la posterior carrera de su abuelo en la Bundeswehr?
Porque demuestra que la guerra no fue un capítulo claramente cerrado para él. Su regreso al ejército crea una continuidad biográfica que ayuda a entender por qué ciertas cosas -como los flashbacks nocturnos- nunca desaparecieron realmente. - ¿No es contradictorio ofrecerse voluntario para volver a ser soldado después de la guerra?
Desde la perspectiva actual, tal vez. Desde la perspectiva de la época, a menudo era una decisión pragmática. Seguridad, reconocimiento, estructura... y la oportunidad de continuar con algo conocido en lugar de reinventarse por completo. - ¿Por qué describe las escenas nocturnas en el dormitorio con tanta naturalidad?
Porque así es exactamente como eran. Sin dramatismos, sin gritos, sin intentos de explicación. Es precisamente esta sobriedad la que pone de manifiesto lo profundamente que puede anclarse la guerra en el cuerpo, más allá del lenguaje. - ¿El penúltimo capítulo trata más de tu abuelo o de ti mismo?
Sobre ambas cosas. Muestra cómo las experiencias de la guerra afectan a las generaciones posteriores, aunque nunca se hable abiertamente de ellas. La guerra no termina con quienes la han vivido. - ¿Por qué no habla abiertamente sobre el trauma o el TEPT?
Porque aunque estos términos pueden ser útiles, aquí tenderían a distanciar. Las escenas descritas no necesitan un diagnóstico para ser comprensibles. Hablan por sí solas. Este tema se trata en el artículo ¿Es matar sin dignidad? también se trata con más detalle en dos vídeos a juego. - ¿Qué le faltará a nuestra sociedad actual si desaparece esta generación?
Una forma tranquila de autoridad. Personas que no querían convencer, pero que habían experimentado. Sus historias no obligan al consentimiento, sino a la humildad ante la realidad de la violencia. - ¿Qué le gustaría que los lectores se llevaran de este artículo?
No una conclusión, no una opinión, no una actitud para cabecear. Sino más bien una pausa para reflexionar. Quizá también una desconfianza hacia los juicios rápidos, y un mayor aprecio por la narración en sí misma.











