Empezó de forma poco espectacular. Ningún accidente, ningún golpe fuerte, ningún momento dramático. Una vieja corona en un molar inferior simplemente se desmoronó. Estas cosas pasan en algún momento. Los materiales envejecen, las tensiones se acumulan con los años. Al principio no le di mucha importancia. No era una emergencia, sino más bien un problema técnico, algo que se repara y se pasa por alto.
La cita con el dentista fue adecuadamente rutinaria. Examen, mirada rápida, explicación objetiva. Hubo que quitar la corona vieja, limpiarla, prepararla y colocarla. Nada fuera de lo común. Sin largas discusiones ni decisiones complicadas. Por desgracia, pronto se hizo evidente que el problema iba a ser mayor y duraría más de lo previsto inicialmente.