Hace casi exactamente dos años que utilizo la inteligencia artificial. Al principio, era sobrio y técnico: introducir texto, teclear indicaciones, leer las respuestas, corregirlas, volver a empezar. Como lo hacía mucha gente: con cuidado, de forma controlada, con cierta distancia. Funcionaba, sin duda. Pero seguía teniendo algo de mecánico. Hacías preguntas, obtenías respuestas, marcabas casillas.
Me di cuenta relativamente pronto de que me faltaba algo: fluidez. Pensar no es una forma. Los buenos pensamientos no surgen en un corsé de entradas prolijamente formuladas, sino en la conversación, en el ensayo y error, en el pensamiento en voz alta. Así que empecé a utilizar más a menudo la aplicación AI de mi teléfono móvil y, en algún momento, empecé a hablar en lugar de escribir. Ese fue el verdadero punto de inflexión.