Cuando hoy se oye la palabra „cultura de la cancelación“, rápidamente se piensa en universidades, redes sociales o personas destacadas que sufren presiones por hacer una declaración poco meditada. Originalmente, el fenómeno estaba muy localizado en la esfera cultural y académica. Se trataba de boicots, protestas y distanciamientos simbólicos. Pero algo ha cambiado en los últimos años. La dinámica ha crecido, se ha vuelto más seria y, sobre todo, más política.
Hoy no solo observamos debates individuales sobre conferencias o publicaciones en Twitter. Vemos atletas a los que no se permite competir. Artistas cuyos programas se cancelan. Profesores sometidos a presiones masivas. Militares cuyas declaraciones causan sensación internacional en cuestión de horas. Estados que mantienen listas. Prohibiciones de entrada. Sanciones que afectan no sólo a instituciones, sino a personas concretas.
Es algo más que un fenómeno cultural marginal. Se ha convertido en un mecanismo político.
Por qué la „cultura de cancelación“ es hoy algo más que las redes sociales
Sería fácil descartar todo el asunto como una cultura en línea recalentada. Como una tormenta en una taza de té digital. Como una indignante economía de plataformas.
Pero si se mira más de cerca, uno se da cuenta de que la mecánica hace tiempo que abandonó el ámbito digital. Hoy, las decisiones se toman en ministerios, asociaciones deportivas internacionales, universidades y estructuras de mando militares. Afectan a carreras reales, currículos reales, libertad de movimientos real.
Se repite un patrón: una declaración, una afiliación, un origen o una categorización política se convierten en una oportunidad para crear distancia, a veces por convicción, a veces por precaución, a veces por cálculo político. Y esto sucede a menudo en un clima en el que la diferenciación se percibe como un riesgo.
La guerra de Ucrania ha acelerado considerablemente esta dinámica. En tiempos de confrontación geopolítica, la temperatura moral sube. Los frentes se endurecen. Los matices de gris desaparecen. Quien reclama matices corre el riesgo de ser malinterpretado o mal clasificado.
Es este contexto el que me lleva a considerar el tema no como un fenómeno aislado, sino como parte de una evolución más amplia.
Muchos niveles, un patrón
Lo que me preocupa especialmente de la situación actual no es tanto el caso individual. Los cambios individuales de personal, las cancelaciones individuales o las sanciones individuales casi siempre pueden justificarse.
Resulta interesante cuando surgen patrones. Si se producen dinámicas similares a distintos niveles -en el deporte, en la cultura, en las universidades, en el ejército y a nivel estatal-, merece la pena analizarlas con más detalle.
- En el Deporte Por ejemplo, vemos cómo la afiliación nacional vuelve a ser de repente un criterio central. Los atletas compiten bajo una bandera neutral o son excluidos.
- En el Cultura Se está debatiendo la cuestión de si las obras pueden separarse de la biografía o la nacionalidad de sus autores.
- A Universidades Cada vez hay más casos en los que las declaraciones científicas no sólo se evalúan desde un punto de vista técnico, sino también moral.
- En el política de seguridad Las declaraciones sobre intereses internacionales están sometidas a una presión especial.
- Y en nivel estatal Se crean listas, prohibiciones de entrada y mecanismos de sanción que no sólo afectan a instituciones abstractas, sino también a individuos concretos.
Cada una de estas áreas puede explicarse por separado. Sin embargo, tomados en conjunto, forman un cuadro que ya no puede ignorarse.
Entre la responsabilidad y el exceso de control
Por supuesto, no todas las medidas son automáticamente „Cancelar la cultura“. Los Estados pueden sancionar. A las instituciones se les permite posicionarse. A las universidades se les permite establecer normas. La dirección militar debe tener en cuenta las líneas políticas. Una sociedad democrática no vive de que todo quede sin consecuencias. Pero aquí empieza la verdadera cuestión:
¿Dónde acaba la responsabilidad legítima y dónde empieza una dinámica en la que la seguridad, la moralidad y la protección de la reputación son más importantes que el debate abierto?
En tiempos de crisis, las instituciones tienden a minimizar los riesgos. Una declaración engañosa puede crear tensiones en política exterior. Una comparecencia puede desencadenar irritación diplomática. Una retención de personal puede considerarse una señal equivocada.
Desde una perspectiva institucional, las decisiones son entonces a menudo racionales. Pero si esta racionalidad se dirige sistemáticamente contra la ambivalencia, se crea un clima en el que la prudencia adquiere más importancia que el discurso.
El estado de emergencia moral
Las guerras y los conflictos geopolíticos crean tensiones morales. En esas fases, la lealtad se exige de forma más visible. No oficialmente, pero sí atmosféricamente. Se crea un marco social de expectativas en el que la moderación o la diferenciación pueden malinterpretarse fácilmente como una toma de partido.
No se trata de un fenómeno nuevo. La historia ha conocido muchas fases en las que la unidad social se valoraba más que la disensión. Lo que es nuevo, sin embargo, es la velocidad a la que esa dinámica actúa hoy en día. Los espacios digitales de comunicación aceleran la indignación. Los medios de comunicación recogen las declaraciones en tiempo real. Las reacciones políticas se producen en cuestión de horas. Las instituciones reaccionan preventivamente.
Lo que antes era un proceso de debate interno ahora se negocia en público, bajo una fuerte presión.
Motivo y objetivo de este artículo
Este artículo no pretende condenar las decisiones individuales de forma generalizada. Tampoco es un alegato a favor de la arbitrariedad.
Es un intento de ver un desarrollo de forma estructurada.
Si se dan patrones similares en el deporte, la cultura, la ciencia, el ejército y la política exterior, entonces esto merece ser analizado sistemáticamente.
Me interesa especialmente la cuestión de si estamos ante una reacción temporal a la crisis o ante un cambio permanente en nuestra cultura de debate.
- ¿Cancelar la cultura es sólo un eslogan político?
- ¿O describe en realidad una nueva forma de control social e institucional?
- Y sobre todo: ¿cuánta contradicción puede soportar una democracia liberal en tiempos de amenaza exterior?
Antes de poder responder a estas preguntas, primero debemos establecer el orden - conceptual, estructural y analíticamente. Porque sólo si distinguimos claramente entre sanciones legítimas, cautela institucional y anulación moral podremos juzgar lo que realmente está ocurriendo aquí.
Por ello, en el próximo capítulo aclararemos el término y diferenciaremos los tres niveles en los que se desarrolla esta dinámica. Sólo entonces quedará claro si se trata de reacciones aisladas o de un patrón subyacente.
La „grave situación“ y la lógica de la indignación
En una entrevista concedida al Hotel Matze, Richard David Precht califica de „grave“ la situación actual en Alemania. Se refiere menos a un acontecimiento puntual que a un clima estructural: el miedo se está convirtiendo en el principio rector de la comunicación política, las encuestas permanentes acortan los horizontes estratégicos, la lógica mediática favorece la escalada en lugar de la diferenciación. Precht habla de estrechos márgenes de poder y de una erosionada promesa de avance, lo que aumenta la inseguridad social. La indignación prospera especialmente bien en un entorno así: es rápida, clara y emocionalmente conectable. Las soluciones complejas, en cambio, son lentas y poco atractivas.
Richard David Precht habla de la cultura de la indignación, la libertad de expresión y la depresión alemana | La Eurocámara se reúne con el Presidente de la República Federal de Alemania, Richard David Precht Hotel Matze
Este diagnóstico complementa el análisis de Cancel Culture: allí donde dominan el miedo y la excitación constante, se reduce la tolerancia a la ambivalencia. Los debates adquieren una carga moral en lugar de estructural. La cuestión ya no es quién tiene razón, sino quién envía la señal más fuerte.
Definición: tres niveles de exclusión
Antes de analizar casos concretos, debemos categorizar el término. „Cultura de cancelación“ se ha convertido en una palabra de moda que puede significar casi cualquier cosa y nada. Para algunos, describe una amenaza real a la libertad de expresión. Para otros, es una herramienta retórica para deslegitimar la crítica justificada.
Ambos se quedan cortos. Si queremos entender en serio lo que ha cambiado, tenemos que afinar el concepto analíticamente. Es crucial distinguir claramente los niveles en los que se produce la marginación o la sanción. Porque no todas las críticas anulan la cultura, ni todas las sanciones son ilegítimas.
Por ello propongo una división tripartita: un nivel social, otro institucional y otro estatal. Sólo cuando diferenciamos estos niveles podemos ver dónde surgen los verdaderos problemas.
1) El nivel social: boicot, presión y distanciamiento moral
El nivel más bajo, pero a menudo el más ruidoso en la sociedad, es el social. Se trata de críticas públicas, llamamientos al boicot, olas de indignación, desinvitaciones y distanciamientos simbólicos. Esta forma de marginación no es nueva. Las sociedades siempre han reaccionado cuando las declaraciones o acciones se perciben como problemáticas.
Lo nuevo, sin embargo, es la velocidad y el alcance. Las redes sociales permiten acumular una enorme presión en cuestión de horas. Una sola frase puede difundirse cientos de miles de veces en muy poco tiempo. Los medios de comunicación la recogen, la comentan y la amplifican.
Lo importante es que a este nivel es ante todo una expresión de formación de opinión social. La crítica es legítima. El boicot es un medio legítimo en una sociedad libre. Se vuelve problemático cuando la dinámica adquiere vida propia.
- Cuando ya no se discute, sino que se etiqueta.
- Cuando la categorización moral se vuelve más importante que el debate objetivo.
- Cuando el miedo a la reacción de la opinión pública hace que ya no se celebren debates.
Este nivel es atmosféricamente eficaz. Crea una presión de expectativa. A menudo es el punto de partida de otros pasos, pero todavía no es una sanción formal.
2) El nivel institucional: puestos, contratos, carreras profesionales
El segundo nivel es mucho más importante: el institucional. Aquí es donde reaccionan las organizaciones. Universidades, empresas, asociaciones, instituciones culturales, medios de comunicación, estructuras militares.
A diferencia del nivel social, se trata de consecuencias concretas: dimisión, despido, rescisión de contrato, no renovación, exclusión de programas oficiales.
Las instituciones no sólo actúan moralmente, sino también estratégicamente. Tienen que proteger su reputación, tener en cuenta las condiciones políticas y garantizar la estabilidad interna. La sensibilidad aumenta en tiempos de crisis. Desde el punto de vista de una organización, puede parecer racional poner fin a un conflicto en una fase temprana antes de que se agrave.
Pero aquí es donde empieza la delgada línea. ¿Se toma una decisión por razones objetivas, como la incompetencia profesional o un incumplimiento real del deber? ¿O sirve principalmente para evitar la irritación del público?
Esta distinción suele ser difícil de reconocer desde fuera. Sobre todo en el caso de los cargos directivos, existen instrumentos jurídicos que permiten destituir o jubilar a las personas sin una justificación pública detallada. Formalmente, esto es legal y está previsto.
Pero cuando tales decisiones se producen con mayor frecuencia en tiempos políticamente caldeados, se crea la impresión de que existe un pasillo de opinión. Esté o no justificada esta impresión, su efecto es real. Las decisiones institucionales son el punto en el que la presión social se convierte en consecuencias profesionales reales.
3) El ámbito estatal: sanciones y política de listas
El tercer nivel es el más fuerte y, al mismo tiempo, el menos discutido en el contexto de la Cultura Cancelada. Aquí ya no actúa una universidad o una asociación, sino el Estado.
Sanciones, prohibiciones de entrada, congelación de activos, inclusión en la lista de „organizaciones indeseables“: son instrumentos de la política exterior y de seguridad. Estas medidas no son ante todo reacciones morales, sino herramientas políticas. Sirven para presionar, disuadir o enviar una señal.
Jurídicamente, suelen operar dentro de un marco claramente definido. Políticamente, forman parte de conflictos de poder e intereses. Pero para las personas afectadas, da igual que se las excluya por indignación moral o por razones estratégicas de Estado.
- Cuando un científico ya no puede viajar.
- Si un artista no recibe un visado.
- Cuando un político acaba en una lista de sanciones.
Entonces la confrontación política se convierte en una cuestión muy personal. Aquí es donde el debate pasa de la libertad de expresión a la libertad de movimiento. Del debate a la influencia diplomática.
El nivel estatal no es una „cultura de la cancelación“ clásica en el sentido original. Pero sigue hasta cierto punto lógicas de exclusión similares, sólo que con un poder mucho mayor.
Por qué no deben mezclarse los niveles
Un error común en el debate es meter los tres niveles en el mismo saco. Quien describe toda crítica pública como cultura de la cancelación relativiza las verdaderas intervenciones institucionales o estatales. A la inversa, quienes retratan toda decisión institucional como una mera medida organizativa ignoran posibles patrones estructurales. La limpieza analítica es, por tanto, crucial.
- La indignación social forma parte de la formación democrática de opinión.
- Las decisiones institucionales forman parte de la responsabilidad organizativa.
- Las sanciones estatales forman parte de las estrategias geopolíticas.
Sólo podremos juzgar si una medida es proporcionada cuando hayamos identificado claramente el nivel en el que estamos operando. La verdadera pregunta no es: „¿Existe una cultura de la anulación, sí o no?“. - La verdadera pregunta es: ¿a qué nivel se ejerce qué tipo de presión?
y ¿hasta qué punto es transparente, comprensible y proporcionado?
Esta distinción será crucial en el resto del artículo. Porque sólo si estructuramos la discusión podremos reconocer si se trata de reacciones aisladas o de un cambio sistemático en nuestros espacios de debate.

Los tres niveles de exclusión de un vistazo
| Nivel | Actor | Medida típica | Efecto ejemplar |
|---|---|---|---|
| Social | Público, medios de comunicación, activistas | Boicot, protesta, tormenta de mierda | Presión sobre la reputación, cambio en el debate |
| Institucional | Universidad, asociación, ministerio | Despido, fin de contrato, desinvitación | Interrupción de carrera, pérdida de puesto |
| Estado | Gobierno, UE, Ministerio de Asuntos Exteriores | Sanciones, prohibiciones de entrada, listas | Restricciones de viaje, consecuencias económicas |
El acelerador: la guerra como estado de emergencia moral
Las guerras cambian las sociedades. No sólo en el frente, sino también en su interior. Cambian el lenguaje, las prioridades, las percepciones... y cambian la tolerancia hacia la ambivalencia. En este sentido, la guerra de Ucrania no es sólo un acontecimiento geopolítico, sino también moral. Ha creado frentes, no sólo militares, sino también discursivos.
De repente, ya no se trata sólo de posiciones políticas, sino de actitud. Y la actitud se convierte rápidamente en piedra de toque. En tiempos de paz, la diferenciación es una virtud. En tiempos de conflicto, a veces se interpreta como debilidad.
Las guerras generan narrativas claras: autores y víctimas, ataque y defensa, agresión y solidaridad. Esta estructura moral es comprensible. Proporciona orientación.
Pero tiene un efecto secundario. Cuanto más claros aparecen los frentes, menos tolerancia hay para los matices. Cualquiera que señale en un entorno altamente emocionalizado que los intereses geopolíticos también son complejos corre el riesgo de ser malinterpretado. Quien pregunte si deben mantenerse abiertos los canales diplomáticos puede ser rápidamente considerado ingenuo. Quien aluda a contextos históricos puede ser sospechoso de querer relativizar.
Esto no significa que las críticas o las sanciones sean fundamentalmente erróneas. Pero sí significa que el marco del discurso se está estrechando. Las guerras generan compresión moral. Y la compresión reduce el margen de maniobra.
Cuando la diferenciación se vuelve sospechosa
Una característica central de los estados morales excepcionales es el cambio en los criterios de evaluación. En tiempos normales, una declaración se juzga principalmente por su contenido. En tiempos de crisis, se juzga cada vez más por su efecto. La pregunta ya no es sólo „¿Es correcto en cuanto a los hechos?“, sino „¿Qué señal envía?“.“
Esta lógica está cambiando los procesos de toma de decisiones. Las instituciones empiezan a prestar más atención a cómo podrían interpretarse las declaraciones. Los individuos sopesan no sólo si algo es correcto, sino también si podría malinterpretarse. La prudencia lleva a la cautela. Y la moderación lleva a veces a la autocensura.
La autocensura es difícil de medir. No deja huellas oficiales. Pero tiene un efecto. Cuando la gente empieza a dejar de hacer ciertas preguntas en público porque el riesgo parece demasiado alto, el espacio del discurso cambia, silenciosa pero permanentemente. No se trata de un proceso orquestado. Es un proceso atmosférico. Pero la atmósfera es políticamente eficaz.
La lógica de „Quien no está con nosotros ...“
En los conflictos polarizantes suele surgir una expectativa binaria: claro posicionamiento o distanciamiento. Esta expectativa no tiene por qué expresarse. Surge del entorno. Cualquiera que asuma una responsabilidad pública -ya sea en el deporte, la ciencia, la cultura o el ejército- se encuentra entonces en un campo de tensión.
- Por un lado, está el deber de lealtad a los valores democráticos fundamentales.
- Por otro lado, existe el deber de ser objetivo y diferenciar.
En fases cargadas de moral, estos dos principios entran más fácilmente en conflicto. Esto no conduce necesariamente a Estados autoritarios. Pero sí conduce a un cambio en la evaluación del riesgo.
Las instituciones tienden a decantarse más por las señales claras que por los debates abiertos. Los responsables políticos prefieren los mensajes claros a los análisis complejos. Las expectativas de los ciudadanos refuerzan esta tendencia.
El resultado no es una prohibición formal de hablar. Es un cambio en el margen de maniobra. Y es precisamente este cambio el que constituye el caldo de cultivo de lo que más tarde se percibe como „cultura de la cancelación“.
La velocidad como amplificador
Lo que distingue el actual estado de emergencia moral de fases históricas anteriores es su rapidez. La comunicación digital ha acortado drásticamente la vida media de las declaraciones. Un comentario hecho en un círculo reducido puede difundirse mundialmente en cuestión de minutos. Una cita incompleta puede desencadenar reacciones internacionales antes de haber sido categorizada.
Los políticos reaccionan más rápido. Los medios de comunicación informan más rápido. Las instituciones deciden más rápido. La aceleración reduce el tiempo de reflexión. Y la reducción del tiempo de reflexión aumenta la probabilidad de sobrecontrol.
En un entorno acelerado, la evitación de riesgos se convierte en el principio dominante. Esto puede ser comprensible desde una perspectiva institucional. Pero desde una perspectiva social, se plantea la cuestión:
¿Cuánta complejidad se pierde cuando las decisiones se orientan principalmente hacia efectos de señalización a corto plazo?
Las crisis como catalizador, no como causa
Sería demasiado simplista considerar la guerra como la única causa de la dinámica actual. Muchos acontecimientos -la polarización, la cultura de la indignación digital, la economía de la reputación- ya existían de antemano. La guerra actúa más bien como catalizador:
- Acelera las tendencias existentes.
- Aumenta la presión moral.
- Cambia las prioridades.
En tiempos de calma, las sociedades toleran mejor la ambivalencia. En tiempos de crisis, esta tolerancia disminuye. Esto no significa que todas las decisiones tomadas en tiempos de guerra sean erróneas. Pero sí significa que las condiciones marco son excepcionales.
Y las condiciones marco excepcionales requieren una atención especial. Porque lo que parece una precaución necesaria durante una crisis puede convertirse a largo plazo en una restricción permanente de los espacios discursivos.
La cuestión abierta
Por eso, cuando vemos que se desinvita a deportistas, se presiona a profesores, los líderes militares pierden sus puestos en muy poco tiempo o los Estados mantienen sus listas, tenemos que considerar el contexto. No estamos viviendo una fase geopolítica normal.
Pero precisamente por eso se plantean cuestiones cruciales:
- ¿Se limitarán estos mecanismos al estado de excepción o pasarán a formar parte de la nueva normalidad?
- ¿Es temporal el estrechamiento del discurso?
- ¿O el umbral está cambiando permanentemente?
Estas preguntas no pueden responderse con un simple sí o no. Pero sólo pueden debatirse seriamente si reconocemos que la guerra no sólo es efectiva en el frente, sino también dentro de una sociedad: en su lenguaje, en sus instituciones y en su disposición a soportar la contradicción.
En el próximo capítulo nos ocuparemos de un ámbito especialmente visible: el deporte. Es un buen ejemplo de cómo chocan la afiliación nacional, la señalización política y la responsabilidad individual.

Deporte: Responsabilidad colectiva bajo bandera neutral
Hay pocos ámbitos más adecuados para visualizar la dinámica social que el deporte. Se ve como unificador, como supranacional, como un lugar de competición leal más allá de los conflictos políticos. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde se pone especialmente de manifiesto lo estrechamente entrelazados que están el deporte y la política.
Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, las federaciones deportivas, los gobiernos y las organizaciones internacionales se enfrentan a una difícil cuestión: ¿Cómo tratar a los deportistas de un país considerado agresor por el Derecho internacional?
Las respuestas a estas preguntas no son uniformes, pero siguen una lógica reconocible.
Exclusiones de atletas rusos
En los primeros meses tras el inicio de la guerra, muchas federaciones internacionales reaccionaron con medidas claras: los atletas rusos (y en algunos casos bielorrusos) fueron excluidos de las competiciones. No se permitió competir a los equipos. Se prohibieron las banderas y los himnos nacionales. El razonamiento era políticamente comprensible: No querían proporcionar un foro que pudiera ser utilizado por la propaganda estatal. Querían demostrar solidaridad con Ucrania. Querían enviar una señal clara.
Sin embargo, las medidas no afectaban a los gobiernos, sino a deportistas individuales. Muchos de ellos no habían hecho declaraciones políticas públicas. Algunos llevaban años viviendo en el extranjero. Algunos incluso criticaron la guerra; otros guardaron silencio por razones comprensibles.
Aquí comienza la cuestión central: ¿es la afiliación nacional por sí sola un criterio suficiente para la exclusión deportiva?
Históricamente, el deporte se ha politizado una y otra vez, desde los boicots durante la Guerra Fría hasta las sanciones contra la Sudáfrica del apartheid. La idea de que el deporte puede ser completamente apolítico siempre ha sido una ilusión.
Sin embargo, la situación actual pone de relieve un área de tensión en particular: entre la responsabilidad individual y la atribución colectiva.
„Atletas neutrales individuales“: ¿solución o política simbólica?
Cuando la primera oleada de exclusiones totales resultó difícil de mantener a largo plazo, se desarrolló un modelo de compromiso: se permitió a los atletas competir bajo una bandera neutral, sin símbolos nacionales, sin himno, sin asociación nacional oficial. Sobre el papel, es una solución elegante. Separa al individuo del Estado. Permite la participación en el deporte sin señalar reconocimiento político.
Pero ni siquiera este modelo está exento de contradicciones. Por un lado, el origen sigue siendo conocido de facto. Por otro, se crea una especie de estatuto político intermedio. En ocasiones, los atletas tienen que hacer declaraciones de neutralidad, distanciarse de determinadas organizaciones o cumplir ciertas condiciones.
Los críticos lo consideran una forma de prueba indirecta de lealtad. Los que están a favor hablan de un justo medio en una situación difícil. Independientemente de la valoración, aquí surge un patrón estructural:
Los conflictos políticos se traducen en escenarios deportivos a través de conjuntos simbólicos de reglas. El deporte se convierte en un espacio de señalización.
Visados como palanca política
Además de las decisiones en virtud de la legislación deportiva, existe un segundo nivel: la intervención del Estado. Un país puede denegar la entrada a un atleta. Puede retrasar o denegar los visados. Puede establecer obstáculos formales que equivalgan efectivamente a la exclusión.
Aquí es donde la dinámica pasa del derecho de asociación al derecho constitucional. Mientras que las organizaciones deportivas internacionales pueden alegar que se limitan a aplicar sus estatutos, las consideraciones de política exterior pasan a primer plano en las decisiones sobre visados.
Un torneo se convierte entonces no sólo en un acontecimiento deportivo, sino en un escenario diplomático. Este cambio demuestra que el deporte no puede considerarse de forma aislada. Está inmerso en tensiones geopolíticas. La cuestión no es si la política desempeña un papel en el deporte, siempre lo hace. La cuestión es más bien hasta dónde llega ese papel.
¿Responsabilidad colectiva o sanción legítima?
El conflicto central puede reducirse a una contradicción clásica: ¿Está justificado sancionar a individuos en función de su nacionalidad si el Estado al que pertenecen actúa en contra del Derecho internacional?
Los partidarios argumentan que la representación nacional está inextricablemente ligada al simbolismo nacional. Un atleta no compite sólo por sí mismo, sino por su país. Los críticos replican que la responsabilidad individual no debe sustituirse por la atribución colectiva. Un atleta no es un actor de la política exterior.
Ambas posturas tienen peso. Pero independientemente de cuál de ellas se comparta, está claro que el deporte se ha convertido en un campo en el que los conflictos políticos se llevan a cabo por poderes. Y allí donde la señalización política adquiere más importancia que la diferenciación individual, surge una dinámica que se asemeja al modelo que ya hemos descrito:
Evitación de riesgos, política simbólica, delimitación clara... a expensas de los matices de gris.
Por qué el deporte es un espejo
El deporte es un ejemplo especialmente adecuado porque tiene una gran carga emocional. Es visible, está presente en los medios de comunicación y está conectado a redes internacionales.
Si una vez más se da prioridad a la afiliación nacional sobre el rendimiento individual, se enviará una señal mucho más allá del estadio.
Demuestra hasta qué punto los conflictos geopolíticos afectan a los espacios sociales. Sin embargo, también muestra lo difícil que es aplicar sistemáticamente normas morales claras sin crear nuevas contradicciones.
El deporte no puede ser completamente apolítico ni convertirse en un instrumento completo de la política sin perder su propia lógica.
Esta tensión lo convierte en un campo de investigación ideal.
En el próximo capítulo abordaremos un tema igualmente delicado: la cultura. En ella, la cuestión del origen, la responsabilidad y la separación entre trabajo y persona vuelve a plantearse de forma diferente, y con implicaciones igualmente fundamentales.

Cultura y arte: ¿puede el origen ser un criterio?
El arte se considera un espacio de libertad. Cruza fronteras, conecta a las personas por encima de los sistemas políticos y habla un lenguaje que no se detiene en las fronteras nacionales. Precisamente por eso el público se muestra especialmente sensible cuando la cultura se convierte de repente en un campo de batalla político.
Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, ha habido un intenso debate sobre si se debe permitir actuar a los artistas rusos y en qué medida, si se deben seguir interpretando obras de compositores rusos o si se debe suspender la cooperación cultural.
Lo que a primera vista parece una decisión puramente moral afecta a principios fundamentales.
Cancelaciones de conciertos y cambios de programa
En las primeras semanas tras el comienzo de la guerra, teatros de ópera, orquestas y festivales cancelaron actuaciones de artistas rusos o suspendieron programas previstos. Algunas de estas cancelaciones afectaron a individuos, otras a colaboraciones culturales enteras. Las razones variaban:
- Querían dar ejemplo.
- Quieren mostrar solidaridad.
- El objetivo era evitar que los actos culturales se malinterpretaran como plataforma de propaganda estatal.
Algunas decisiones estaban específicamente justificadas, por ejemplo, cuando los artistas habían expresado públicamente posiciones políticas. Otras se tomaron como medida cautelar, sin examen individual.
Esto revela un área central de tensión: las instituciones culturales están sometidas al escrutinio público. A menudo están financiadas por el Estado. Representan valores. En una fase cargada de moral, la no acción puede interpretarse en sí misma como una declaración.
El resultado son grandes expectativas. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿Es el origen por sí solo un criterio legítimo de exclusión cultural?
Trabajo y persona: un viejo debate
El debate sobre la separación entre obra y artista no es nuevo. Ha acompañado a la historia del arte durante décadas. ¿Se puede disfrutar de una obra si el comportamiento del autor es moralmente cuestionable? ¿Es lícito tocar música de un compositor cuya postura política es problemática?
En el contexto actual, este debate se intensifica porque la atención no se centra en las acciones individuales, sino en la afiliación nacional.
Una obra musical clásica no se convierte de repente en política porque el pasaporte del compositor identifique una determinada nacionalidad. Y, sin embargo, se crea una conexión simbólica en tiempos caldeados.
Los partidarios de las cancelaciones argumentan que la cultura no puede existir aislada del contexto político. Los críticos, en cambio, sostienen que el arte debe desplegar su poder unificador precisamente cuando los sistemas políticos están en conflicto.
Ambas perspectivas contienen verdad. Pero aquí también se repite un patrón: cuanto más fuerte es la presión moral, menos dispuesta está la gente a tolerar la ambivalencia.
Instrumentalización propagandística
No hay que pasar por alto otro aspecto: La propia acusación de „cancelación“ se instrumentaliza políticamente. Cuando las instituciones occidentales desinvitan a artistas rusos, el Estado puede presentarlo como una prueba de hostilidad cultural. La acusación de que „nuestra cultura está siendo aniquilada“ se convierte en parte de su propia movilización política interna.
Esto crea una situación paradójica: las medidas que pretenden ser una señal moral pueden reinterpretarse con fines propagandísticos.
Esto no significa que deban evitarse todas las reacciones. Pero sí muestra lo complejas que son las cadenas de efectos.
La cultura nunca es sólo cultura. Es símbolo, identidad y superficie de proyección al mismo tiempo.
Paralelismos históricos
La politización de la cultura no es un fenómeno nuevo. Durante la Guerra Fría, se boicoteaba a los artistas o se les presionaba para que mostraran lealtad. En los sistemas autoritarios, las obras se prohibían porque no se ajustaban a la línea oficial. Incluso en las sociedades democráticas, hubo fases en las que la afiliación política influyó en las carreras.
La diferencia hoy radica menos en los principios que en la rapidez y la publicidad. Las decisiones se reconocen inmediatamente en todo el mundo. Las reacciones son inmediatas. Lo que antes era un debate local ahora forma parte de un discurso internacional.
La perspectiva histórica invita a la cautela.
En tiempos de crisis, las sociedades tienden a definir los espacios culturales de forma más estricta. Sin embargo, a largo plazo, suele demostrarse que el arte tiene su mayor impacto cuando no es objeto de una apropiación política total.
Entre la responsabilidad y la libertad
Las instituciones culturales se encuentran en una situación difícil. Son responsables ante su público, sus mecenas y la sociedad. Al mismo tiempo, son lugares de libertad y diversidad.
Por tanto, la cuestión crucial no es si la cultura puede ser política. Siempre lo ha sido. La cuestión es más bien:
¿Hasta qué punto la señalización política puede sustituir a la evaluación individual?
Cuando las decisiones se toman principalmente sobre la base de la atribución colectiva, surge una lógica que ya hemos visto en el deporte. Si, por el contrario, se examina la responsabilidad individual, la diferenciación sigue siendo posible.
No se trata de respuestas absolutas. Se trata de normas. La cultura es sensible. Reacciona con rapidez. Pero también es un sismógrafo del desarrollo social. Si la disposición a la ambivalencia disminuye en los espacios culturales, es un indicio de cambios más amplios.
En el próximo capítulo nos centraremos en un ámbito en el que la diferenciación es un principio básico: el mundo académico. Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto las expectativas sociales y la libertad académica se entrecruzan, y a veces se contradicen.

Universidades: Cuando el debate se convierte en zona de peligro
Las universidades se consideran lugares de libertad de expresión. Están diseñadas para poner a prueba hipótesis, cuestionar suposiciones y debatir posturas incómodas. La ciencia se nutre de la contradicción. Precisamente por eso los conflictos en el ámbito académico son especialmente delicados.
Cuando se presiona a los profesores, se cancelan conferencias o se discuten públicamente procedimientos disciplinarios, rápidamente surge la impresión de que se está atacando la libertad académica. Pero tampoco en este caso todos los conflictos son automáticamente un caso de cultura de la anulación. Para entender la dinámica, merece la pena echar un vistazo a los datos y las estructuras.
Cifras y tendencias: un fenómeno creciente
En las dos últimas décadas ha aumentado considerablemente el número de intentos documentados de sancionar a científicos por sus declaraciones o posiciones, sobre todo en Estados Unidos, donde se han registrado sistemáticamente estos hechos.
Hay que distinguir entre los intentos de sanción y los despidos reales. No todas las demandas conducen a una medida. Sin embargo, el creciente número de incidentes demuestra que la presión sobre las cámaras de debate académico ha aumentado.
También en Europa aumentan los informes sobre conferencias canceladas, protestas contra determinados ponentes o disputas internas sobre el contenido de la enseñanza.
Es importante señalar que estos conflictos no son unilaterales según las líneas políticas. Tanto las posiciones conservadoras como las progresistas pueden convertirse en objetivos, dependiendo del contexto y de la institución. Por tanto, el fenómeno no es un problema partidista, sino estructural.
La universidad se está convirtiendo cada vez más en un lugar de negociación social de cuestiones morales.
Sanciones intentadas frente a consecuencias reales
Un punto crucial en el debate es la diferenciación entre ensayo y efecto.
- No todas las peticiones conducen a la anulación.
- No todas las acciones de protesta acaban en procedimientos disciplinarios.
- En muchos casos, los incidentes quedan sin consecuencias formales.
Y, sin embargo, incluso las campañas infructuosas tienen repercusiones. La presión pública, la atención de los medios de comunicación y el debate interno crean un clima de cautela. Las facultades sopesan con más cuidado qué temas divulgar. La dirección de la universidad examina más detenidamente cómo pueden percibirse los acontecimientos.
Esto es comprensible desde el punto de vista de la institución. Quiere salvaguardar su reputación y su estabilidad interna. Sin embargo, para los científicos, incluso el intento de imponer una sanción puede tener un efecto intimidatorio, aunque fracase.
La autocensura como consecuencia invisible
Quizá el cambio más trascendental no sea el despido formal, sino el ajuste silencioso.
- Cuando los investigadores evitan ciertos temas porque esperan conflictos.
- Cuando los profesores interrumpen las discusiones para evitar una escalada.
- Cuando se omiten las invitaciones como medida de precaución para evitar protestas.
La autocensura es difícil de demostrar. No deja constancia. Pero cambia el clima académico. La ciencia depende de que las tesis controvertidas también puedan ser examinadas. Esto no significa que todas las posturas tengan el mismo valor. Pero sí significa que la evaluación debe basarse en argumentos, no en etiquetas morales.
Si surge la impresión de que determinadas cuestiones son „demasiado arriesgadas“, el panorama de la investigación cambia. Y este cambio tiene un efecto a largo plazo.
La ciencia entre el activismo y la neutralidad
Otra fuente de tensión reside en la imagen que tienen de sí mismas las universidades modernas. En muchos países, las universidades se ven a sí mismas no sólo como lugares de investigación, sino también como agentes de responsabilidad social. Cuestiones como la diversidad, la sostenibilidad y la justicia social han pasado a formar parte de las declaraciones de misión institucionales.
Esto es fundamentalmente legítimo. Sin embargo, crea un doble papel: las universidades son a la vez centros de conocimiento e instituciones normativas. Si se hace hincapié en los objetivos normativos, pueden surgir conflictos con el principio de neutralidad científica. Un investigador que propone una tesis impopular no sólo es evaluado desde el punto de vista científico, sino también categorizado moralmente.
El peligro no es que se supriman inmediatamente todas las opiniones discrepantes. Más bien, el peligro reside en el estrechamiento gradual del espectro aceptado. En tiempos de polarización, los límites de lo que se considera digno de debate se desplazan.
Entre el espacio seguro y la cámara de debate
Las universidades se enfrentan a un dilema. Por un lado, deben ser un espacio seguro para los estudiantes, especialmente para las minorías o grupos que sufren discriminación. Por otro, deben ser un espacio de debate en el que también puedan expresarse posturas incómodas.
Estos dos objetivos pueden chocar. Si una declaración se percibe como hiriente, surge la pregunta: ¿prevalece la idea de protección o la de discurso?
Una sociedad democrática debe tener en cuenta ambas cosas. Sin embargo, si se prioriza permanentemente la protección sobre el debate, el carácter de la institución cambia. La universidad se convierte entonces menos en un lugar donde se examinan argumentos y más en un lugar donde se trazan límites normativos.
Perspectiva a largo plazo
La libertad académica no es un hecho. Históricamente se ha luchado por ella, y nunca ha sido absoluta. En el pasado también hubo influencias políticas, pruebas de lealtad y conflictos ideológicos. La diferencia hoy radica menos en la existencia de conflictos que en su intensidad y visibilidad.
- Los medios digitales intensifican las disputas locales.
- La polarización social se refleja en la sala de conferencias.
- Los conflictos internacionales influyen en los debates sobre investigación.
La cuestión central no es, por tanto, si las universidades son políticas, siempre lo han sido. La cuestión es si conservan su función central:
la capacidad de examinar los argumentos con independencia de su conveniencia política. Cuando los espacios de debate se estrechan, la ciencia pierde su recurso más importante: la disensión abierta.
En el siguiente capítulo, nos centramos en un ámbito en el que la lealtad y la disciplina desempeñan tradicionalmente un papel más importante que en el mundo académico: el militar. Aquí veremos cómo confluyen la línea política, la estructura institucional y la expresión individual, y qué tensiones pueden surgir de ello.
Ulrike Guérot y el conflicto sobre la libertad académica
El caso de Ulrike Guérot es un ejemplo de las tensiones entre libertad académica, discurso público y responsabilidad institucional. La politóloga, que lleva años abogando por una república europea más integrada, fue objeto de crecientes críticas en el contexto de sus declaraciones sobre la guerra en Ucrania. Como consecuencia, se puso fin a su contrato en la Universidad de Bonn, oficialmente por motivos de derecho laboral, pero políticamente muy discutido. Independientemente de la valoración jurídica, el caso muestra hasta qué punto las posiciones académicas se encuentran hoy en día atrapadas entre la lógica mediática, la moralidad y la sensibilidad política. El caso plantea cuestiones fundamentales: ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión en el ámbito académico? ¿Y hasta qué punto es sólida la universidad como lugar de debate polémico?
Liderazgo militar y corredor de opinión
El ejército no es una sociedad de debate. Es una organización jerárquica con claras cadenas de mando, implicación política y un alto nivel de responsabilidad interna y externa. Precisamente por eso las normas difieren de las de las universidades o las instituciones culturales.
Sin embargo, los militares también forman parte de la sociedad. Sus dirigentes están en el punto de mira de la opinión pública, se pronuncian sobre cuestiones de política de seguridad y se mueven entre los polos del análisis profesional y la lealtad política.
En los últimos años se han producido varios cambios destacados de personal en la Bundeswehr que fueron percibidos públicamente como bruscos o políticamente motivados. Esto quedó especialmente claro en el caso del entonces inspector de la armada, que perdió su puesto tras hacer unas polémicas declaraciones sobre la política con Rusia. Este caso es un punto de partida adecuado para analizar las características estructurales del liderazgo militar.
El caso de Schönbach como caso práctico
Cuando a principios de 2022 el entonces inspector naval hizo unas declaraciones en un contexto internacional que fueron interpretadas como una relativización de Rusia, la reacción no se hizo esperar. Las declaraciones fueron recogidas por los medios de comunicación, comentadas internacionalmente y evaluadas políticamente. Poco después, dimitió o fue relevado de su cargo.
Desde un punto de vista institucional, la situación era delicada. Un representante militar de alto rango hace una declaración pública sobre un conflicto geopolítico en el que el gobierno alemán adopta una línea clara.
En una fase de gran tensión diplomática, estas declaraciones pueden considerarse una señal de política exterior. La decisión de resolver rápidamente la cuestión del personal era, por tanto, políticamente comprensible.
Al mismo tiempo, el caso demostró lo estrecho que se había vuelto el margen para la diferenciación pública. La clasificación profesional de los intereses se ponderó de forma diferente en un entorno altamente moralizado que en tiempos más tranquilos. Que esta decisión se considere correcta o excesiva es una cuestión de juicio. Lo que es indiscutible, sin embargo, es que la rapidez de la reacción fue expresión de un marco de tolerancia estrechado.
Jubilación temporal: un instrumento estructural
Existe una particularidad jurídica para los altos cargos militares: los generales pueden ser jubilados temporalmente. Este instrumento permite a la dirección política aplicar decisiones en materia de personal sin largos procedimientos de justificación. Formalmente, esto forma parte del sistema. La Bundeswehr está subordinada a la dirección política. Los reajustes estratégicos o las cuestiones de confianza pueden tener consecuencias para el personal.
Sin embargo, precisamente porque existe esta posibilidad, los cambios de personal suelen parecer opacos al mundo exterior. Si varios directivos cambian de puesto o se marchan prematuramente en un plazo relativamente breve, se crea rápidamente la impresión de una limpieza política, aunque existan razones estructurales para ello.
La sobriedad analítica es crucial aquí. No todos los cambios son expresión de una corriente de opinión. Algunos forman parte de rotaciones normales de liderazgo o reorganizaciones estratégicas. Pero el instrumento crea la posibilidad de una rápida corrección política, y esta posibilidad influye en la percepción.
Encuesta actual sobre el nuevo servicio militar obligatorio en Alemania
¿Reforma estructural o línea política?
Desde el llamado „cambio de rumbo“, la Bundeswehr ha experimentado un reajuste organizativo. Se han creado nuevas estructuras de gestión, se han ajustado las responsabilidades y se han modificado las prioridades estratégicas. En un entorno así, los cambios de personal no son inusuales.
Sin embargo, en fases de gran carga política, la reforma estructural y la señalización política se funden fácilmente en la percepción pública.
Cuando los debates sobre política de seguridad se desarrollan emocionalmente, cada cambio se interpreta como una señal potencial. Esto se aplica no sólo a la cúpula militar, sino también a los ministerios en su conjunto. La dirección política quiere demostrar fiabilidad y unidad.
En una fase de tensiones internacionales, la unidad es un valor estratégico. Pero la cuestión es:
¿Cuánta diferenciación interna es posible cuando la unidad externa es la máxima prioridad?
Lealtad y discurso público
Los líderes militares tienen un papel especial que desempeñar. Son expertos en política de seguridad, pero al mismo tiempo forman parte de una organización dirigida políticamente. A diferencia de los científicos o los artistas, no pueden expresarse públicamente sin restricciones. Sus declaraciones tienen relevancia diplomática.
Esta restricción no es un signo de estructuras autoritarias, sino una expresión del control democrático de los militares. Y, sin embargo, sigue existiendo una zona de tensión:
- El análisis especializado requiere diferenciación.
- La comunicación política exige claridad.
Cuando estas dos exigencias chocan, la lealtad se antepone a la clasificación individual. En tiempos de calma, esta tensión puede gestionarse con relativa discreción. En tiempos de crisis, se hace visible.
Percepción y realidad
Un problema central del debate público es que la percepción y la realidad pueden divergir.
Un cambio de personal puede estar justificado estructuralmente y, aun así, interpretarse como una señal política.
Por el contrario, una decisión políticamente motivada puede parecer una rotación normal.
Por lo tanto, es crucial para la evaluación reconocer patrones. Los casos individuales pueden explicarse. Un estrechamiento sistemático sería problemático.
Hasta ahora, hay muchos indicios de que se trata más bien de una mezcla de ajustes estructurales, sensibilidad política y casos individuales, no de una „purga“ coordinada.
Pero la dinámica muestra hasta qué punto pueden entrelazarse un estado de emergencia moral y la cautela institucional.
El papel especial de los militares
El ejército no es un lugar ideal para el debate social abierto. Debe seguir siendo capaz de actuar, mantener cadenas de mando claras y estar políticamente integrado. Precisamente por eso es importante adoptar una actitud sobria ante las decisiones de personal.
Quien califique cada despido de cultura de la anulación no reconoce las características estructurales de las organizaciones militares. Quienes ignoran cualquier sensibilidad política, por otra parte, subestiman los cambios atmosféricos en tiempos de crisis.
Al igual que otras instituciones, la Bundeswehr se encuentra atrapada entre la pericia profesional, el liderazgo político y las expectativas sociales. En esta zona de tensión, las decisiones pueden percibirse rápidamente como signo de un estrecho pasillo de opinión, aunque formalmente tengan otras causas.
En el capítulo siguiente, abandonamos el espacio institucional interno y pasamos al ámbito estatal. Allí, la exclusión ya no se hace visible como una decisión personal, sino como un instrumento de política exterior, en forma de sanciones, listas y prohibiciones de entrada.
Perspectiva militar entre lealtad y diplomacia
In einem Gespräch mit Alexander von Bismarck äußert sich der ehemalige Inspekteur der Deutschen Marine, Kay-Achim Schönbach, ausführlich zur sicherheitspolitischen Lage Europas. Im Zentrum steht die Frage, ob Deutschland tatsächlich „kriegstüchtig“ werden müsse – oder ob nicht vielmehr diplomatische Gesprächsfähigkeit gestärkt werden sollte. Schönbach berichtet aus eigener Erfahrung in NATO-Strukturen und internationalen Missionen und warnt vor einer zunehmend moralisch aufgeladenen Außenpolitik. Er kritisiert die Verengung des sicherheitspolitischen Diskurses, die Eskalation politischer Sprache und die Tendenz, geopolitische Interessen durch Feindbild-Rhetorik zu überlagern.
„¿Preparados para la guerra en vez de para la paz? Un almirante reflexiona sobre la nueva retórica bélica de Alemania | Alexander von Bismarck
Independientemente de la valoración de las posiciones individuales, el debate pone de manifiesto la sensibilidad con que se perciben las voces militares en la esfera pública, y lo estrecha que se ha vuelto la línea que separa el análisis estratégico de la controversia política.
Sanciones, listas y prohibiciones de entrada
Mientras que la indignación social y las decisiones institucionales sobre el personal siguen teniendo lugar en los espacios sociales, el nivel estatal opera en una dimensión diferente. Aquí ya no se trata de reputación u organización interna, sino de poder, política exterior e intereses estratégicos.
Las sanciones, las prohibiciones de entrada y las denominadas listas de exclusión son instrumentos que los Estados utilizan para ejercer presión o enviar señales políticas. Están regulados jurídicamente, incrustados diplomáticamente y forman parte de la lógica de los conflictos internacionales.
Y, sin embargo, afectan a personas concretas. Precisamente por eso merece la pena profundizar en este nivel, aunque formalmente difiera de lo que generalmente se entiende por „cultura de cancelación“.
Listas de exclusión rusas contra ciudadanos de la UE
Desde las primeras sanciones a raíz de la anexión de Crimea en 2014 y cada vez más después de 2022, Rusia ha publicado repetidamente listas en las que prohíbe la entrada en el país a políticos, funcionarios y otras personalidades europeas. Estas medidas se declararon oficialmente como reacción a las sanciones de la UE. Pretendían crear un contrapeso, demostrar paridad diplomática o ejercer presión política.
Para los afectados, sin embargo, esto significaba una restricción concreta. Las prohibiciones de entrada no son gestos simbólicos. Son restricciones reales a la libertad de circulación. Es importante entender esto: Estas listas no son un fenómeno nuevo. Los mecanismos de sanción mutua forman parte de la política internacional desde hace décadas.
Lo nuevo es la visibilidad mediática y la concreción personal. Cuando los nombres se mencionan públicamente, la política exterior se personaliza.
Y cuando la diplomacia se comunica a través de listas, la percepción pasa de la confrontación política a la sanción individual.
Reacciones europeas y alemanas
Por su parte, la Unión Europea y sus Estados miembros han adoptado amplios paquetes de sanciones contra Rusia. Entre ellas figuran la congelación de activos, restricciones de viaje y medidas económicas contra particulares, empresas e instituciones estatales.
Desde la perspectiva de la UE, tales medidas son instrumentos de derecho internacional y disuasión política. Pretenden dejar claro que determinadas acciones tienen consecuencias. Pero también en este caso la actuación del Estado afecta a personas concretas. Si una persona figura en una lista de sanciones, ya no puede viajar libremente, se le congelan las cuentas y se interrumpen las relaciones económicas.
Las sanciones son, por tanto, una herramienta de poder político con un impacto personal. La diferencia con el nivel social o institucional es que aquí existe un marco jurídico formal. Las decisiones están legalmente justificadas, pueden ser revisadas en los tribunales y forman parte de acuerdos internacionales.
Sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿cómo cambia la percepción del debate político cuando se expresa cada vez más en listas personalizadas?

La diplomacia como política de señalización
En tiempos de mayores tensiones geopolíticas, la diplomacia se vuelve más simbólica. Las prohibiciones de entrada no son sólo medidas prácticas, sino también mensajes comunicativos.
- Demuestran dureza.
- Demuestran demarcación.
- Señalan determinación.
Sin embargo, la política de señales alberga riesgos. Si los instrumentos diplomáticos se utilizan principalmente para la percepción pública, el objetivo real -desescalada o espacio para la negociación- puede pasar a un segundo plano.
Las listas crean claridad, pero dificultan las zonas grises. En un mundo cada vez más polarizado, estos mecanismos son comprensibles. Pero contribuyen a la solidificación de los frentes.
La diferencia con la exclusión social
Es importante no equiparar prematuramente las sanciones estatales con la cultura de la cancelación social. Un Estado tiene el derecho -y en algunas circunstancias el deber- de responder a las acciones que violan el derecho internacional. Las sanciones son una herramienta establecida de la política internacional. Pero la similitud estructural reside en la mecánica:
- La exclusión como reacción.
- La restricción como señal.
- La personalización como instrumento.
Mientras que la indignación social suele obedecer a motivos emocionales, la actuación de los gobiernos obedece a consideraciones estratégicas. Pero para los afectados, el resultado puede ser similar: opciones limitadas de actuación, estigmatización pública o aislamiento diplomático.
Cuando la política exterior se convierte en algo personal
Una diferencia importante respecto a fases anteriores del conflicto es que la política de sanciones es ahora más individualizada. No son sólo Estados los que se enfrentan, sino nombres concretos.
Esta individualización aumenta la visibilidad. Crea atribuciones claras de responsabilidad. Al mismo tiempo, cambia la percepción de los conflictos políticos.
La política exterior ya no se negocia en resoluciones abstractas, sino en medidas personalizadas. Esta evolución puede explicarse racionalmente. Permite reacciones más específicas. Pero también refuerza la percepción de un mundo en el que la afiliación y la posición tienen consecuencias directas.
Entre la legitimidad y el impacto a largo plazo
Las sanciones y las listas son instrumentos legítimos de la política internacional. La cuestión decisiva no es si pueden utilizarse, sino hasta qué punto caracterizan permanentemente el clima internacional.
Cuando las sanciones personalizadas se convierten en el instrumento estándar, la cultura del conflicto diplomático cambia. La transición de la diferencia política a la restricción individual se hace más rápida. En tiempos de crisis, esto parece ser una dureza necesaria. A largo plazo, sin embargo, se plantea la cuestión de si tales mecanismos reducen aún más la voluntad de llegar a un entendimiento.
Así pues, el nivel estatal muestra una forma de exclusión diferente a la del nivel social o institucional. Es más formal, jurídicamente arraigada y estratégicamente motivada. Y, sin embargo, encaja en un panorama más amplio:
En todos los ámbitos, observamos que la afiliación, la señalización y la evaluación de riesgos desempeñan un papel más importante que hace unos años. En el siguiente capítulo nos ocuparemos del papel de los medios de comunicación y las plataformas. Sin el poder acelerador de los espacios de comunicación modernos, muchas de estas dinámicas difícilmente se habrían hecho visibles hasta este punto.
Dinámica en diversos ámbitos
| Gama | Situación típica de conflicto | Patrón de reacción | Efecto a largo plazo |
|---|---|---|---|
| Deporte | Afiliación nacional frente a rendimiento individual | Exclusión o estatuto neutro | Politización de los espacios deportivos |
| Universidad | Investigación o declaración controvertida | Protesta, procedimiento de prueba, anulación | Precaución, posible autocensura |
| Militar | Categorización pública de la situación geopolítica | Retirada, jubilación | Estrecho espacio público de maniobra |
| Política exterior | Tensiones internacionales | Listas de sanciones, prohibiciones de entrada | Diplomacia personalizada |
Medios, plataformas y el nuevo poder de la interpretación
Ninguna de las dinámicas descritas se desarrolla en el vacío. Ni las exclusiones deportivas, ni los conflictos universitarios, ni las sanciones estatales se percibirían con la misma intensidad si no estuvieran mediatizados, comentados y amplificados por los medios de comunicación.
Los medios de comunicación -tanto tradicionales como digitales- no son meros observadores. Son espacios de resonancia. Y las plataformas no son meras infraestructuras técnicas, sino que estructuran la visibilidad.
Si se quiere entender por qué se acelera la dinámica de marginación, hay que fijarse en el papel de los espacios de comunicación.
Control narrativo y encuadre moral
Los medios de comunicación no sólo seleccionan los temas, sino que los enmarcan. Una decisión de personal puede aparecer como „consecuencia necesaria“ o como „presión política“. Una exclusión puede etiquetarse de „solidaridad“ o „discriminación“. La elección de las palabras determina la percepción.
En tiempos polarizados, los medios de comunicación tienden a presentar los acontecimientos en categorías moralmente claras. Esto aumenta la comprensibilidad pero reduce la complejidad. La competencia por la atención intensifica este efecto. Los titulares tienen que ir al grano. La diferenciación vende peor que la exageración.
Esto crea narrativas que tienen un impacto más allá de los acontecimientos individuales. Un caso individual se convierte en un símbolo. Una decisión se convierte en una tendencia. Una medida se convierte en prueba de una tesis más amplia.
Estas narrativas tienen un efecto en las instituciones. Cualquiera que sepa que una decisión va a ser muy interpretada por los medios de comunicación sopesará las cosas con más cuidado.
Lógica de plataforma y refuerzo algorítmico
Las plataformas digitales siguen sus propias reglas. La visibilidad no se distribuye de forma neutral, sino que se controla algorítmicamente. Los contenidos que provocan emociones fuertes se comparten con más frecuencia, se comentan y, por tanto, se amplifican.
La indignación es un acelerador. Esto no significa que las plataformas fomenten deliberadamente la polarización. Pero su estructura favorece los contenidos que representan posiciones claras. Los análisis matizados tienen menos posibilidades de alcanzar el mismo alcance que las acusaciones punzantes.
Cuando los debates tienen lugar cada vez más en línea, la dinámica cambia. Las instituciones reaccionan no sólo a las críticas directas, sino también a la velocidad a la que se difunde un tema.
Un hashtag puede generar presión internacional en cuestión de horas. Esta aceleración está cambiando los procesos de toma de decisiones. Si antes las consultas internas duraban semanas, ahora las reacciones se producen en días o incluso horas.
Regulación y demarcación
Además de la amplificación algorítmica, hay otro factor: las normas de las plataformas y la regulación estatal. Las redes sociales definen sus propias directrices sobre qué contenidos están permitidos. Los Estados promulgan leyes contra la desinformación o los contenidos extremistas.
Estas medidas suelen estar bien fundadas. Pretenden impedir la incitación al odio, la manipulación o la incitación a la violencia. Pero también crean un campo de tensión:
- ¿Dónde está la línea que separa la moderación legítima de la limitación de las opiniones?
- ¿Quién decide qué contenidos son nocivos?
- ¿Hasta qué punto son transparentes estas decisiones?
Cuando las plataformas retiran contenidos o bloquean cuentas, suelen hacerlo basándose en normativas internas. Para los afectados, esto puede tener el efecto de una exclusión digital -aunque formalmente se trate de una cuestión contractual entre el usuario y la plataforma-.
Autocensura en el espacio digital
Quizá el efecto más poderoso de los espacios de comunicación modernos no sea la eliminación de mensajes individuales, sino la expectativa de posibles reacciones. Cualquiera que sepa que cada declaración puede ser archivada, citada y difundida sin contexto sopesará las cosas de otra manera.
- La permanencia digital cambia el comportamiento lingüístico.
- Una frase irreflexiva sigue siendo descubrible.
- Una cita engañosa puede reaparecer años después.
Esta permanencia aumenta la presión para ser precavidos. La autocensura surge no sólo por miedo a las sanciones estatales, sino también por la preocupación de una presencia digital permanente. Esto no sólo afecta a los famosos, sino también a científicos, periodistas, funcionarios y empresarios.
Los medios como amplificador, no como causa
Sin embargo, sería demasiado fácil culpar únicamente a los medios de comunicación y a las plataformas. Refuerzan los conflictos existentes, pero no los crean de la nada. Las tensiones políticas, la formación de frentes morales y la cautela institucional existen independientemente de los algoritmos.
Sin embargo, la estructura de la comunicación determina la visibilidad, rapidez e intensidad de estas tensiones. En un mundo interconectado, cada decisión se percibe potencialmente a escala mundial.
Esta visibilidad genera a su vez presión política e institucional. Se crea así un ciclo:
Acontecimiento - encuadre mediático - reacción del público - decisión institucional - interpretación mediática renovada.
Comprender la propaganda: historia, métodos y formas modernas
El artículo de fondo „Propaganda: historia, métodos, formas modernas y cómo reconocerlas“ ofrece una aportación serena y analítica al debate sobre la cultura del discurso y el control de la información. En lugar de considerar la propaganda una mera reliquia de sistemas autoritarios como el Tercer Reich, el texto muestra cómo han evolucionado históricamente sus formas, desde los antiguos símbolos y medios de comunicación de masas hasta las sutiles técnicas modernas. Especialmente en las sociedades abiertas de hoy en día, la propaganda rara vez aparece como un eslogan en voz alta, sino que es eficaz a través de la selección, la repetición y el encuadre. El artículo ayuda a reconocer por qué la influencia a menudo no se crea mediante mentiras flagrantes, sino a través del control estructural, y cómo estos mecanismos pueden ocultarse en el panorama de la comunicación digital.
El nuevo poder de la interpretación
En las democracias tradicionales, durante mucho tiempo se supuso que el debate público se estabilizaba gracias a la diversidad. Hoy en día, no sólo compiten los argumentos, sino también los marcos de interpretación. Quienes consiguen definir un acontecimiento en una fase temprana tienen una influencia duradera en su percepción. Un cambio de personal puede verse como una medida disciplinaria necesaria o como un ejemplo de anulación de la cultura.
Esta interpretación determina cómo se evaluarán casos similares en el futuro. Por tanto, los medios de comunicación y las plataformas no son sólo transmisores, sino también factores de poder. Estructuran lo que se hace visible, cómo se categoriza y qué reacciones parecen plausibles. Si observamos la dinámica de los últimos años, queda claro que sin el poder acelerador de los espacios de comunicación modernos, muchos acontecimientos se habrían percibido de forma menos dramática.
Pero la verdadera cuestión no es si los medios de comunicación tienen influencia: siempre la han tenido. La cuestión es si la combinación de frentes morales, cautela institucional y amplificación digital dará lugar a espacios de debate más estrechos a largo plazo.
En el próximo capítulo examinaremos con más detalle la mecánica subyacente de estos procesos: ¿Por qué reaccionan las instituciones como lo hacen? ¿Qué papel desempeñan la economía de la reputación, la evaluación del riesgo y la puja moral?
Encuesta actual sobre la confianza en la política y los medios de comunicación
La mecánica de la exclusión
Hasta ahora hemos examinado diversos ámbitos: El deporte, la cultura, la universidad, el ejército, la política exterior, los medios de comunicación. Cada uno de estos sistemas sigue sus propias reglas. Y, sin embargo, en todos ellos se observa una dinámica similar.
Si los patrones se repiten en diferentes áreas, merece la pena preguntarse por la mecánica subyacente:
- ¿Qué hace que las instituciones reaccionen con rapidez y claridad?
- ¿Por qué surgen pasillos de opinión más estrechos en tiempos de crisis?
- ¿Y por qué estos procesos suelen reforzarse mutuamente?
Este capítulo trata de identificar los factores estructurales que subyacen a la evolución observada, sin dramatizar, pero con claridad analítica.
Economía de la reputación: proteger la imagen
La reputación es un recurso clave en las sociedades modernas. Empresas, universidades, asociaciones e instituciones estatales están sometidas a un constante escrutinio público. La confianza es su capital. Si esta confianza empieza a flaquear, puede tener consecuencias inmediatas:
Financiación, miembros, votos o colaboraciones internacionales están en juego. En un público conectado a las redes digitales, las acusaciones se propagan rápidamente. El daño a la imagen de una organización puede producirse en cuestión de días.
Desde un punto de vista institucional, es racional minimizar los riesgos en una fase temprana. Si una persona o una decisión genera titulares potencialmente negativos, a menudo parece más sensato poner fin al conflicto rápidamente, aunque la situación de hecho sea más compleja.
La economía de la reputación recompensa la claridad y la rapidez. La diferenciación, en cambio, cuesta tiempo y genera incertidumbre.
Evaluación del riesgo institucional
Las instituciones no son individuos. No actúan principalmente desde el punto de vista emocional, sino estratégico.
- La dirección de una universidad no sólo se pregunta si una tesis es científicamente justificable, sino también qué forma pueden adoptar las protestas.
- Una asociación deportiva no sólo examina la inocencia individual de un atleta, sino también el efecto de señalización política.
- Un ministerio evalúa no sólo la competencia profesional de un general, sino también el impacto de sus declaraciones en la política exterior.
Esta evaluación del riesgo no es un signo de debilidad moral. Forma parte de la racionalidad institucional. Pero cambia las prioridades.
Cuando evitar percepciones negativas resulta más importante que el debate de fondo, surge una lógica asimétrica en la toma de decisiones. A menudo, el menor riesgo es excluir a alguien que mantenerlo en condiciones controvertidas.
Puja moral
Otro motor es la tendencia a la puja moral. En situaciones polarizadas, se compite por la postura más clara. Los que condenan más enérgicamente son vistos como más coherentes. Los que diferencian pueden parecer indecisos. Esta dinámica se intensifica especialmente en las redes sociales, donde la visibilidad suele ir de la mano de la escalada.
Esto somete a las instituciones a una doble presión: se espera de ellas que demuestren responsabilidad moral, pero no deben parecer incoherentes.
El resultado puede ser una espiral en la que las medidas se formulan cada vez con mayor claridad, no necesariamente porque sean convincentes desde el punto de vista de los hechos, sino porque parecen simbólicamente necesarias. La puja moral crea frentes claros, pero reduce la complejidad.
El miedo como acelerador
Un factor que a menudo se subestima es el miedo. No el gran miedo político, sino el miedo concreto a perder el control.
- Miedo al daño a la reputación.
- Miedo a la incomprensión política.
- Miedo a la indignación pública.
El miedo rara vez conduce a debates abiertos. Conduce a decisiones cautelosas y rápidas. En tiempos de crisis, aumenta la necesidad de seguridad. Las instituciones quieren demostrar su capacidad de actuación. Las medidas rápidas y claras transmiten control.
Sin embargo, cuanto más miedo caracteriza las decisiones, menos dispuestas están las personas a soportar la incertidumbre.
El ciclo del refuerzo
Los factores descritos - reputación, evaluación de riesgos, sobrepuja moral y miedo - no funcionan de forma aislada. Se refuerzan mutuamente.
- Una acusación mediática crea una presión sobre la reputación.
- La presión de la reputación lleva a tomar decisiones rápidas.
- A su vez, la decisión es interpretada por los medios de comunicación.
- Esta interpretación influye en las futuras evaluaciones de riesgos.
Esto crea un ciclo. Este ciclo no tiene por qué controlarse conscientemente. Es el resultado de las estructuras de los sistemas modernos de comunicación y organización.
Estructura en lugar de conspiración
Es importante destacar que este mecanismo no requiere ninguna coordinación secreta. No se necesita un plan centralizado para desencadenar reacciones similares en distintas instituciones.
Si las condiciones estructurales son similares - alta presión pública, polarización moral, aceleración digital - entonces es probable que se produzcan patrones de reacción similares.
Esto explica por qué pueden darse dinámicas comparables en el deporte, la cultura, la ciencia y el ejército sin estar controlados centralmente.
Las estructuras generan comportamientos.
La delgada línea
Los mecanismos descritos no son ilegítimos per se.
- La protección de la reputación es racional.
- Es necesario evaluar los riesgos.
- El comportamiento moral forma parte de la responsabilidad democrática.
Sólo se vuelve problemático cuando estos mecanismos conducen sistemáticamente a la desaparición de la diferenciación. Cuando las decisiones se toman principalmente por precaución. Cuando el espacio del discurso se estrecha porque hay que evitar la incertidumbre. Esto crea la impresión de un corredor de opiniones, aunque cada decisión individual parezca justificada por sí misma.
El análisis de los mecanismos nos lleva a la pregunta inicial: ¿se trata de reacciones aisladas a circunstancias excepcionales o de un cambio estructural permanente?
Las respuestas a estas preguntas no pueden darse con demasiada rapidez. Pero una cosa está clara: la dinámica de la marginación no surge por casualidad. Siguen las pautas racionales de las instituciones modernas en tiempos de compresión moral.
Por ello, en el próximo capítulo daremos un paso atrás y analizaremos la postura contraria: ¿Es posible que la propia „cultura de cancelación“ sea un término manido? ¿Se trata de una palabra de moda que oculta más de lo que explica?
Dinámica teórico-jueguística de la cultura de la cancelación
El economista Christian Rieck examina la cultura de la cancelación desde la perspectiva de la teoría de juegos y señala dos mecanismos estructurales. En primer lugar, los ataques públicos repetidos -por ejemplo, mediante la tergiversación deliberada de declaraciones- pueden llevar a que la persona afectada se rodee cada vez más sólo de partidarios. Este estrechamiento social favorece una radicalización progresiva que puede no haber sido planificada de antemano. En segundo lugar, Rieck describe un equilibrio de coordinación: si se supera un determinado valor umbral en la percepción pública, incluso los actores previamente neutrales se sienten obligados a señalar públicamente su distanciamiento. No necesariamente por convicción, sino por adaptación estratégica.
Cancelar Cultura y difamación | Prof. Dr. Christian Rieck
Se crea así una dinámica de autorrefuerzo en la que el daño a la reputación, el aislamiento social y el posicionamiento público forman un equilibrio estable pero restrictivo del discurso.
¿Cancelar la cultura es sólo una palabra de moda?
Hasta aquí hemos analizado estructuras, dinámicas y ejemplos. Pero cualquier análisis queda incompleto si no examina su propio uso de los términos.
„Cancelar la cultura“ es un término con un enorme poder de explosión política. Se utiliza para nombrar agravios y, al mismo tiempo, para rechazar críticas. Por tanto, es necesario dar un paso atrás.
¿Es lo que estamos viendo realmente una nueva forma de marginación sistemática?
¿O es que la propia „cultura de cancelación“ se ha convertido en un término de lucha que genera más emoción que claridad?
La tesis de la exageración
Los críticos del término sostienen que „cultura de la cancelación“ es una exageración retórica. Las sociedades siempre han entablado debates polémicos, han protestado y han impuesto sanciones.
Cualquiera que hable hoy de cultura de cancelación está trivializando la crítica legítima y construyendo un clima de opresión que no se puede demostrar empíricamente. De hecho, gran parte de lo que se discute bajo esta palabra de moda también puede describirse de otra manera:
- debate público, posicionamiento moral, responsabilidad institucional.
- No toda cancelación es censura.
- No todas las decisiones de personal son una purga política.
- No toda sanción es supresión de opinión.
Por tanto, la tesis de la exageración exige cautela. Quien interpreta cada acontecimiento conflictivo como una prueba de la cultura de la cancelación pierde agudeza analítica.
Instrumentalización por los campos políticos
Además, el propio término tiene una carga política. En algunos medios políticos, se utiliza para presentar a los movimientos progresistas como intolerantes en general. En otros, se considera una táctica de distracción para deslegitimar las críticas a los comportamientos discriminatorios.
Esto crea una situación paradójica: el término, que en realidad pretende denotar exclusión, se convierte a su vez en un instrumento de polarización. Cualquiera que se describa a sí mismo como „víctima de la cultura de la cancelación“ se posiciona automáticamente dentro de un marco político de interpretación.
Esto dificulta el análisis sobrio. El propio discurso sobre la cultura de la cancelación se convierte en un campo de batalla.
Cuando el término tiene sentido analítico
Sin embargo, a pesar de este problema, no resulta convincente negar por completo el fenómeno. Si se observan pautas similares de marginación en distintas instituciones -especialmente bajo presión moral y de reputación-, entonces es legítimo hablar de una evolución estructural.
La definición es crucial. La cultura de la cancelación no debe utilizarse para describir cualquier forma de crítica. Más bien describe situaciones en las que la presión social o institucional pretende excluir a las personas de los espacios públicos o profesionales, principalmente debido a su expresión de opinión o afiliación.
Esta definición es más restringida que el uso popular del término. Permite distinguir entre la sanción legítima del mal comportamiento y la restricción problemática de los debates.
El peligro de la generalización
Uno de los principales riesgos es generalizar los acontecimientos individuales. Un caso destacado puede dar la impresión de que toda una institución se ha vuelto intolerante. Un incidente muy publicitado puede interpretarse como prueba de una tendencia general.
Pero la realidad social es más compleja. En muchos casos, las voces controvertidas siguen presentes. Muchas instituciones defienden conscientemente los debates abiertos. No todas las oleadas de indignación tienen consecuencias duraderas.
El reto consiste en reconocer patrones sin asumir precipitadamente un enfoque sistemático. Quien interpreta cada suceso relacionado con el personal como parte de una estrategia de cancelación importante no reconoce la diversidad de causas.
Entre sensibilidad e hipersensibilidad
Otro aspecto se refiere a la sensibilidad social ante la discriminación y la marginación.
En las últimas décadas ha aumentado la concienciación sobre el lenguaje hiriente, la discriminación estructural y las asimetrías de poder.
Esta evolución no es negativa per se. Es la expresión de un proceso de maduración democrática. Sin embargo, la sensibilidad puede convertirse en hipersensibilidad si cada desviación se considera un ataque.
Hay una delgada línea entre la crítica justificada y el etiquetado precipitado. La cultura de la cancelación no surge cuando se critica, sino cuando se critica para eliminar permanentemente a las personas del discurso.
A pesar de su carga política, el término tiene un uso analítico. Llama la atención sobre procesos de exclusión que formalmente no parecen censura, pero que de hecho pueden conducir a resultados similares. Nos recuerda que los espacios de debate pueden verse reducidos no sólo por las leyes, sino también por la dinámica social. Al mismo tiempo, nos obliga a definir con precisión lo que realmente se quiere decir.
Un término es tan útil como su aplicación.
La autocrítica como punto fuerte
Un debate maduro requiere autocrítica. Quienes diagnostican la cultura de la cancelación deberían preguntarse:
¿Se está haciendo visible aquí un patrón sistemático, o estoy reaccionando a casos individuales especialmente visibles?
Quien rechace el término debería preguntarse:
¿Hay cambios estructurales que subestimo porque los descarto como conflictos normales?
Este doble autoexamen aumenta la credibilidad de cada análisis.
Entre la realidad y la retórica
Al final, queda por decir: La cultura de la cancelación no es pura imaginación ni una conspiración que lo abarque todo. Es un término controvertido para referirse a procesos de marginación reales, pero de grado variable, sometidos a presiones morales y de reputación. Su instrumentalización política complica el debate.
Pero precisamente por eso merece la pena utilizarla con precisión, no como palabra de moda, sino como categoría analítica.

Paralelismos históricos
Quien quiera juzgar la evolución actual haría bien en dar un paso atrás. La formación de frentes morales, las exigencias de lealtad y la marginación política no son fenómenos del siglo XXI.
En tiempos de crisis, las sociedades han experimentado repetidamente fases en las que el espacio para la disidencia se ha estrechado. Una mirada a la historia relativiza la dramatización prematura y, al mismo tiempo, evita la banalización ingenua.
La era McCarthy: la lealtad como piedra de toque
En la década de 1950, Estados Unidos vivió una fase de intensas pruebas de lealtad anticomunista. Políticos, artistas, científicos y funcionarios fueron sospechosos de estar próximos a organizaciones comunistas. Comisiones de investigación, audiencias públicas y las llamadas „listas negras“ acabaron con carreras profesionales, a menudo sin pruebas que pudieran presentarse ante un tribunal.
La era McCarthy fue un ejemplo clásico de compresión moral en un conflicto geopolítico. La Guerra Fría generó miedo a la infiltración interna. Cualquiera que exigiera diferenciación o moderación se arriesgaba a caer él mismo bajo sospecha.
En retrospectiva, esta fase se considera una reacción exagerada, la expresión de una sociedad que priorizó la lealtad sobre el Estado de Derecho en tiempos de incertidumbre. La comparación con los acontecimientos actuales no debe exagerarse. No estamos viviendo una fase de persecución política sistemática.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra lo rápido que un estado de emergencia moral puede convertirse en presión institucional.
Prohibiciones profesionales y problemas de lealtad en Alemania
También en Alemania hubo fases en las que las convicciones políticas tuvieron consecuencias profesionales. En los años setenta, en el marco de los llamados „decretos radicales“, se examinaba la adhesión a la Constitución de los aspirantes a la función pública. El objetivo era evitar influencias extremistas en la función pública.
Desde la perspectiva actual, a menudo se critica esta práctica porque creaba sospechas generalizadas y dificultaba la diferenciación entre individuos. El debate de la época giraba en torno a la misma cuestión básica que sigue siendo pertinente hoy en día:
¿Cómo puede un Estado proteger su orden sin poner en peligro la apertura del discurso?
Guerra Fría y primera línea cultural
La Guerra Fría no fue sólo un conflicto militar y político, sino también cultural. Se boicoteaba a los artistas, se restringía la cooperación cultural y se esperaban declaraciones de lealtad. Al mismo tiempo, la cultura y la ciencia se utilizaron como instrumentos de poder blando.
También aquí surge un patrón: las tensiones geopolíticas repercuten en los espacios sociales. La diferencia con el presente radica menos en el principio que en la intensidad de la comunicación mediática. Lo que antes llevaba meses, ahora lleva horas.
Pero la lógica básica -lealtad, demarcación, política de señalización- es históricamente familiar.
Qué es diferente hoy
A pesar de todos los paralelismos, el presente difiere en aspectos clave:
- En primer lugar, ahora existen mecanismos de control más sólidos en el marco del Estado de Derecho. Las decisiones de personal, las sanciones y las prohibiciones son legalmente verificables.
- En segundo lugar, la esfera pública es más plural. Diferentes medios y plataformas permiten posturas opuestas.
- En tercer lugar, la sociedad se ha vuelto más sensible al abuso de poder.
Esto significa que, aunque se produzca una compresión moral, hay más medidas correctoras que en épocas anteriores. Al mismo tiempo, hay nuevos retos. La aceleración digital intensifica los conflictos. Las redes mundiales hacen que las decisiones nacionales sean visibles internacionalmente. Las interdependencias económicas y políticas aumentan la complejidad.
Por tanto, el presente no es ni una repetición de la historia ni un fenómeno completamente nuevo. Es una combinación de viejas pautas y nuevas condiciones marco.
El valor de la sobriedad histórica
Las comparaciones históricas no sirven para dramatizar la evolución actual. Sirven para establecer puntos de referencia.
Si en épocas anteriores las sociedades daban prioridad a la lealtad frente a la diferenciación en tiempos de crisis, hoy merece la pena prestar conscientemente atención al equilibrio. Si antes se criticaban las reacciones exageradas, esto es una advertencia para ser precavidos a la hora de tomar decisiones rápidas.
Al mismo tiempo, no toda forma de sanción debe interpretarse como el inicio de una fase autoritaria. La historia demuestra que las democracias son capaces de corregir evoluciones indeseables, siempre que el debate permanezca abierto. Mirar atrás protege contra dos extremos:
- Antes de Alarmismo, que interpreta cada decisión como un signo de decadencia.
- Y antes Indiferencia, que pasa por alto los cambios estructurales.
Cualquiera que esté familiarizado con los paralelismos históricos reconocerá tanto los peligros del exceso de control moral como la resistencia de las instituciones democráticas.
Esta doble perspectiva es crucial para categorizar sobriamente el presente.
En el próximo capítulo abordaremos la cuestión de cómo distinguir las sanciones legítimas de la exclusión problemática.
Al fin y al cabo, una democracia necesita criterios -no sólo comparaciones históricas- para distinguir entre la responsabilidad necesaria y la reacción excesiva.
Catálogo de criterios: ¿Qué es una sanción legítima y qué no lo es?
Tras analizar estructuras, ejemplos y paralelismos históricos, se plantea ahora la cuestión decisiva:
¿Cómo distinguir entre reacción legítima y marginación problemática?
Las sociedades democráticas pueden -de hecho deben- reaccionar cuando se violan las normas, se desprecian los derechos o se legitima la violencia. Al mismo tiempo, no deben tratar toda disidencia como una amenaza.
Un marco sólido de criterios ayuda a trazar esta línea con mayor claridad. No como un esquema rígido, sino como una guía.

Acciones frente a opiniones
Una característica distintiva clave se refiere al objeto de la sanción. ¿Se responsabiliza a una persona de acciones concretas, como infracciones de la ley, incumplimientos del deber o información verificablemente falsa? ¿O se le sanciona principalmente por expresar una opinión controvertida pero no ilegal?
Las acciones están sujetas a normas claras. Pueden ser examinadas, evaluadas y clasificadas legalmente. Las opiniones, en cambio, están protegidas por la libertad de expresión, aunque sean incómodas, impopulares o exageradas.
Cuanto más se vinculen las sanciones a una mera actitud o interpretación, mayor será el riesgo de reducir el espacio de debate.
Responsabilidad individual frente a atribución colectiva
Un segundo criterio se refiere a la cuestión de la atribución. ¿Afecta una medida a una persona por sus acciones individuales o por su afiliación? La distinción es esencial.
La responsabilidad individual es un principio básico del Estado de Derecho. La atribución colectiva, en cambio, es problemática porque sustituye a la diferenciación. Si la afiliación -como el origen nacional o la integración institucional- basta para justificar las restricciones, la norma cambia.
Los tiempos de crisis aumentan la tentación de utilizar la afiliación como sustituto de la actitud. Pero a largo plazo, esta lógica socava la idea de responsabilidad individual.
Transparencia de los procesos de toma de decisiones
Un tercer criterio se refiere a la transparencia.
- ¿Hasta qué punto es comprensible una decisión?
- ¿Son públicos los motivos?
- ¿Existe un procedimiento en el que se hayan examinado los argumentos?
Las decisiones no transparentes generan desconfianza, aunque puedan estar objetivamente justificadas. En cambio, la transparencia refuerza la legitimidad.
Especialmente en el caso de medidas institucionales -como decisiones de personal o cancelación de eventos- es crucial una justificación comprensible.
Cuanto más claros sean los criterios, menor será el riesgo de que las medidas se perciban como arbitrarias o políticamente motivadas.
Proporcionalidad
No todas las declaraciones problemáticas requieren las máximas consecuencias. La proporcionalidad es un principio central del orden democrático. Hay diferencias considerables entre la crítica pública, la suspensión temporal y el ostracismo permanente.
Por lo tanto, la pregunta es: ¿es la medida proporcionada al acto o declaración denunciados?
Las reacciones exageradas pueden parecer decisivas a corto plazo, pero pueden minar la confianza a largo plazo.
Reversibilidad y posibilidad de corrección
Otro criterio se refiere a la posibilidad de corrección. ¿Las decisiones son definitivas o hay margen para la revisión y la reparación?
Las estructuras constitucionales se caracterizan por el hecho de que las decisiones equivocadas pueden corregirse. Si la exclusión es permanente e irreversible, aumenta el riesgo de endurecimiento estructural.
La reversibilidad es señal de apertura, incluso ante los propios errores.
Efecto de señalización frente a sustancia
En tiempos polarizados, las acciones simbólicas ganan en importancia. Sin embargo, la política simbólica no sustituye automáticamente a la resolución de problemas de fondo. Una decisión puede servir principalmente para demostrar claridad moral sin abordar realmente problemas estructurales.
A este respecto, cabe preguntarse: ¿se trata ante todo de una cuestión de impacto exterior o de un verdadero debate de fondo?
El efecto de señalización forma parte de la comunicación política. Pero no debe ser el único criterio.
Protección de los intereses legítimos
No toda sanción es expresión de estrechez de miras. Las instituciones deben proteger su capacidad de funcionamiento. Los Estados deben garantizar la seguridad. Las plataformas deben hacer cumplir las normas.
La cuestión crucial no es si pueden existir medidas de protección, sino si están claramente justificadas y son proporcionadas.
Una sociedad abierta necesita tanto libertad como orden. El equilibrio es difícil, pero necesario.
Un marco de pruebas pragmático
De los puntos anteriores puede derivarse un marco de pruebas pragmático:
- ¿Qué es exactamente censurable, la acción o la opinión?
- ¿La responsabilidad se atribuye individual o colectivamente?
- ¿Son transparentes los motivos de la decisión?
- ¿Es proporcionada la medida?
- ¿Hay alguna forma de comprobarlo o corregirlo?
Cuantos más de estos criterios se cumplan, más probable será que se trate de una sanción legítima.
Cuantos menos, más cerca se está de formas problemáticas de marginación.
La responsabilidad de las instituciones democráticas
Las instituciones democráticas están sometidas a una doble presión: deben representar valores claros y, al mismo tiempo, facilitar el debate abierto.
Esta tensión no puede resolverse por completo.
Pero puede organizarse conscientemente. Un planteamiento transparente, proporcionado y diferenciado de los conflictos refuerza la confianza a largo plazo.
Las decisiones precipitadas y cargadas de simbolismo pueden generar aprobación a corto plazo, pero pueden reforzar la impresión de que se está reduciendo el espacio del discurso.
Con este catálogo de criterios concluye la fase analítica del artículo. El último capítulo abordará la actitud que debe adoptar una democracia liberal en tiempos de compresión moral, y por qué la capacidad de soportar la ambivalencia es una de sus mayores fortalezas.
Acción legítima frente a estrechamiento problemático
| Criterio | Sanción legítima | Estrechamiento problemático | Pregunta clave democrática |
|---|---|---|---|
| Punto de partida | Acto específico / incumplimiento del deber | Mera opinión / interpretación | ¿Se evalúa el comportamiento o la actitud? |
| Atribución | Responsabilidad individual | Atribución colectiva | ¿Se trata de una medida personalizada o de una manta? |
| Proporcionalidad | Reacción gradual | Máxima consecuencia sin pesadez | ¿Es proporcionada la medida? |
| Transparencia | Justificación públicamente comprensible | Decisión poco transparente | ¿Se dan a conocer los motivos? |
Perspectivas: Ambivalencia duradera en tiempos turbulentos
Antes de concluir, merece la pena señalar un último punto delicado: la cuestión de la legitimación democrática.
En los últimos años se han adoptado numerosas sanciones a escala europea, a menudo por parte de la Unión Europea, a veces preparadas o coordinadas por la Comisión Europea. Para muchos ciudadanos, esto crea una impresión de distancia: las decisiones con consecuencias tangibles son tomadas por instituciones cuyos miembros no son elegidos directamente por el pueblo. Esta percepción merece una categorización sobria.
En realidad, la Comisión Europea no es un órgano elegido directamente. Sus miembros son propuestos por los gobiernos de los Estados miembros y confirmados por el Parlamento Europeo. Las sanciones propiamente dichas se deciden en el Consejo de la Unión Europea, es decir, por los gobiernos elegidos de los Estados miembros.
Formalmente, por tanto, la legitimación democrática existe a través de estructuras indirectas. Pero políticamente, la cuestión sigue estando justificada:
¿Hasta qué punto son transparentes y comprensibles estas decisiones para los ciudadanos?
Cuando las sanciones tienen consecuencias económicas y personales de gran alcance, crece la necesidad de una rendición de cuentas democrática. No porque todas las sanciones sean ilegítimas, sino porque la confianza se nutre de la transparencia.
Especialmente en tiempos de tensión geopolítica, es crucial que las medidas no sólo sean legalmente correctas, sino también explicables en términos de comunicación. Al fin y al cabo, la resiliencia democrática no se crea sólo con procedimientos formales, sino con el sentimiento de participar.
La democracia como imposición
La democracia no es un estado de unidad armoniosa. Es un sistema de imposiciones organizadas.
- Exige que coexistan posturas contradictorias.
- Permite expresar opiniones incómodas.
- Soporta que los debates sean agotadores.
Esta imposición es especialmente notable en tiempos de crisis.
- El deseo de claridad es cada vez mayor.
- El deseo de claridad es cada vez mayor.
- El deseo de una reacción rápida anula la paciencia para la diferenciación.
Pero si la democracia sólo produce falta de ambigüedad, pierde parte de su sustancia.
La tentación de simplificar
En las fases moralmente densas, la ambivalencia parece sospechosa.
- Los que se diferencian parecen indecisos.
- Cualquiera que haga preguntas se considera inseguro.
- Cualquiera que describa intereses complejos corre el riesgo de ser malinterpretado.
Resulta tentador interpretar la simplificación como un punto fuerte. Pero la simplificación tiene su precio. Las realidades complejas no desaparecen por el simple hecho de ignorarlas. Vuelven más tarde, a menudo con mayor intensidad.
Fortaleza a través de la ambivalencia
Una democracia liberal muestra su fuerza no sólo a través de posiciones claras, sino también a través de su capacidad para tolerar la disidencia. Esto no significa tolerar todas las posiciones. Significa distinguir entre la crítica legítima y el comportamiento destructivo.
Significa no ver la diferenciación como una debilidad.
En el deporte, la cultura, la ciencia, el ejército y la política exterior, hemos visto con qué rapidez la presión moral puede influir en los procesos de toma de decisiones.
Estas dinámicas pueden explicarse. Son estructuralmente comprensibles. Pero su efecto a largo plazo depende de cómo se afronten conscientemente.
La responsabilidad de las instituciones
Las instituciones tienen una responsabilidad especial. Deben garantizar la estabilidad y, al mismo tiempo, mantener la apertura. Deben representar valores claros y, al mismo tiempo, permitir la diferenciación.
La transparencia, la proporcionalidad y la responsabilidad individual no son principios abstractos, sino directrices prácticas.
- Si las decisiones se explican de forma comprensible, se reduce la impresión de exclusión arbitraria.
- Si las sanciones están claramente justificadas, aumenta su legitimidad.
- Cuando se protegen conscientemente los espacios de debate, crece la confianza.
El papel de los ciudadanos
La democracia no es un sistema de espectadores. Los ciudadanos también son responsables del clima en el que se desarrollan los debates.
- Quienes etiquetan prematuramente contribuyen al estrechamiento.
- Quien interpreta cada medida como un paso autoritario fomenta la desconfianza.
- La argumentación diferenciada refuerza la cultura del discurso.
Esto se aplica tanto en las redes sociales como en las conversaciones personales.
Una perspectiva realista
¿Se relajará de nuevo la cultura del debate?
La experiencia histórica sugiere que la consolidación moral suele estar vinculada a crisis específicas. Con el tiempo, la diferenciación y la sobriedad recuperan terreno.
Al mismo tiempo, siguen produciéndose cambios estructurales, sobre todo como consecuencia de la comunicación digital y la creación de redes mundiales. El reto consiste en combinar estas nuevas condiciones marco con las virtudes democráticas tradicionales.
La pregunta final abierta
No hay una respuesta sencilla al final de este artículo. La cultura de la cancelación no es una realidad que lo abarque todo ni una pura invención. Describe dinámicas reales que se acentúan en determinados contextos, especialmente en tiempos de tensiones geopolíticas.
La cuestión crucial no es si existen. La cuestión crucial es:
¿Cómo lo afrontamos conscientemente?
¿Hasta qué punto distinguimos claramente entre sanciones legítimas y exclusión precipitada? ¿Hasta qué punto son transparentes nuestras instituciones? ¿Cuánta ambivalencia estamos dispuestos a tolerar?
Una sociedad abierta no se caracteriza por evitar los conflictos. Se caracteriza por el hecho de que soporta los conflictos sin abandonar sus propios principios.
Esto cierra el círculo de este artículo. Lo que se ve en los estadios deportivos, las universidades, los centros culturales, las estructuras de mando militar y las instituciones europeas forma parte de un reto mayor:
El equilibrio entre la claridad moral y la apertura democrática.
El éxito de este acto de equilibrio no lo decidirán los titulares individuales, sino la cultura de interacción a largo plazo.
Recursos relacionados con el tema Anular la cultura
- Wikipedia: Cultura de cancelaciónUna introducción completa y neutral al término „cultura cancelada“, su uso, críticas y ejemplos, incluidos debates sobre la libertad de expresión, controversias culturales y discusiones académicas. También incluye referencias históricas y la recepción en Alemania y Estados Unidos.
- Estudio sobre la libertad de expresión académica (ZEIT-Stiftung)Analiza la libertad de expresión en las universidades y la cuestión de cómo funciona la „cultura de la cancelación“ en las universidades. Examina si los espacios de debate están restringidos hoy en día en el mundo académico y de qué manera.
- Deutschlandfunk Kultur: Kulturkampf in den USA - Cancelar la cultura desde la derechaInforme sobre la instrumentalización política de la „Cancel Culture“ en la guerra cultural estadounidense: los republicanos acusan a Wokeness de imponer simultáneamente sus propias restricciones.
- Blog de la Constitución: Juegos pacíficos y neutralesPerspectiva jurídica de la exclusión de atletas rusos y bielorrusos en el deporte: debate sobre neutralidad, derechos humanos y sanciones en la competición internacional.
- Investigación y docencia: los estudiantes alemanes están dispuestos a cancelarInforme sobre un estudio que muestra hasta qué punto los estudiantes de las universidades alemanas están preparados para evaluar posturas controvertidas como „dignas de cancelación“: una contribución empírica al debate.
- Fundación Friedrich Naumann: „Cancelar la cultura“ - Iliberal, intolerante e inhumanoEvaluación crítica desde una perspectiva libertaria: Argumentos de por qué la „Cultura Cancelada“ se considera una amenaza para la libertad de expresión y una sociedad abierta.
- IAI: Las sanciones deportivas contra Rusia - Desmontando el mito de la neutralidad del deporteAnálisis científico de las sanciones deportivas tras la guerra de Ucrania. Examina cómo la neutralidad en el deporte se ve cuestionada por las expectativas políticas y las sanciones.
- arXiv: Eso es inaceptable - Los fundamentos morales de la cancelaciónDocumento de investigación que analiza la cancelación desde una perspectiva psicológica moral. Analiza cómo las diferentes actitudes morales influyen en la percepción de la „cancelación“.
- arXiv: Una iniciativa de Science4Peace - Aliviar las consecuencias de las sancionesEstudio sobre el impacto de la cooperación científica tras las sanciones. Relevante para los capítulos sobre la exclusión estatal y la importancia del intercambio internacional a pesar de los conflictos.
- arXiv: Ciencia para la paz en tiempos difícilesAnálisis de cómo puede continuar la cooperación científica a pesar de las tensiones políticas. Centrarse en el diálogo, la colaboración y el discurso abierto entre científicos.
Preguntas más frecuentes
- ¿Qué entiende exactamente por „cultura de la cancelación“ en este artículo y por qué utiliza este controvertido término?
En el artículo, „cultura de cancelación“ no se utiliza como término político, sino como categoría analítica. Se refiere a procesos en los que la presión social, institucional o estatal lleva a excluir a personas de espacios públicos, profesionales o culturales, principalmente por sus declaraciones o afiliaciones, no por violaciones claras de la ley. El término tiene una carga política, sí. Pero precisamente por eso merece la pena definirlo con precisión en lugar de defenderlo reflexivamente o rechazarlo de forma generalizada. - ¿No es perfectamente legítimo que las instituciones adopten una postura clara en tiempos de crisis?
Sí, es legítimo. Las instituciones tienen una responsabilidad para con sus miembros, sus empleados y la sociedad. La actitud no es un error. Sólo se vuelve problemática cuando la actitud sustituye a la diferenciación, es decir, cuando las decisiones se toman principalmente por miedo a la pérdida de reputación o a la puja simbólica, sin escrutinio individual ni proporcionalidad. El artículo no cuestiona la existencia de sanciones, sino sus normas. - ¿Por qué compara los acontecimientos actuales con fases históricas como la era McCarthy o las prohibiciones ocupacionales? ¿No es exagerado?
La comparación no sirve para equiparar, sino para categorizar. Los paralelismos históricos ayudan a reconocer patrones: compresión moral, exigencias de lealtad, cautela institucional. Hoy no vivimos una fase de persecución política sistemática. Pero la historia demuestra lo rápido que puede estrecharse el discurso en tiempos de crisis. Este recordatorio es más tranquilizador que alarmista: demuestra que las democracias pueden corregirse. - ¿No son las exclusiones de atletas rusos simplemente una reacción lógica a una guerra de agresión?
Son políticamente comprensibles, pero normativamente complejos. Los deportistas son individuos, no responsables de la política exterior. Si se les excluye por su nacionalidad, se plantea la cuestión de la responsabilidad individual frente a la atribución colectiva. El artículo no hace juicios generales, sino que revela que aquí chocan dos principios legítimos: la señalización política y la justicia individual. - ¿No es peligroso problematizar las sanciones de la UE cuando están legitimadas democráticamente?
El artículo no cuestiona la legitimación formal. Las sanciones las deciden los gobiernos elegidos en el Consejo y las aplican las instituciones europeas. Sin embargo, la cuestión de la transparencia y la trazabilidad sigue siendo importante. La legitimación democrática es más que un acto formal: se nutre de la comprensibilidad y la participación pública. Esta exigencia no es un ataque, sino parte del autoexamen democrático. - ¿No son las universidades precisamente lugares en los que deberían examinarse críticamente las posturas problemáticas?
Absolutamente. La crítica es el núcleo del trabajo científico. El artículo no critica la crítica. Problematiza situaciones en las que no hay contradicción argumentativa, sino exclusión institucional. La libertad académica no significa protección contra la contradicción, sino protección contra la sanción prematura de meras expresiones de opinión. - ¿No es a menudo la „cultura de la cancelación“ sólo una narrativa victimista para personas que no pueden hacer frente a las críticas?
En algunos casos, sí. El término está políticamente instrumentalizado. Por eso el artículo insiste en la necesidad de criterios claros. No toda crítica pública es anular la cultura. Pero hay constelaciones en las que la presión social o institucional conduce realmente a exclusiones reales. El reto es distinguir entre ambas. - ¿Por qué el artículo se centra tanto en la economía de la reputación y la evaluación de riesgos?
Porque las instituciones actúan racionalmente. Minimizan los riesgos. En una esfera pública digitalmente acelerada, los daños a la imagen pueden ser graves. Esta lógica estructural explica por qué se producen reacciones similares en distintos ámbitos sin necesidad de un control centralizado. Se trata de estructuras, no de conspiraciones. - ¿Es realmente la autocensura un problema relevante o más bien un sentimiento subjetivo?
La autocensura es difícil de medir, pero es real. Cuando la gente evita temas por miedo a consecuencias negativas, el espacio del discurso cambia, incluso sin prohibiciones formales. Una sociedad abierta se nutre de que la gente pueda discutir sin excesivo temor a sanciones sociales o profesionales. - Las decisiones sobre el personal militar no son necesariamente políticas, ¿por qué deberían considerarse problemáticas?
La dirección militar se implica políticamente, eso es correcto y necesario. El artículo no afirma que todos los despidos sean problemáticos. Simplemente muestra que, en tiempos de crisis, el margen para la diferenciación pública se reduce. Existe una delicada zona de tensión entre el liderazgo político legítimo y el corredor de opinión percibido. - ¿Qué distingue las sanciones legítimas de la exclusión problemática?
El artículo propone varios criterios: Acciones frente a opiniones, responsabilidad individual frente a atribución colectiva, transparencia, proporcionalidad, reversibilidad. Cuantos más de estos criterios se cumplan, más probable es que las sanciones sean legítimas. Cuantos menos, mayor es el riesgo de estrechamiento estructural. - ¿Por qué el papel de los medios de comunicación desempeña un papel tan importante en el artículo?
Porque los medios de comunicación y las plataformas aumentan masivamente la velocidad y el alcance de los conflictos. Encuadran los acontecimientos, refuerzan las narrativas y generan presión. Sin esta fuerza aceleradora, muchas dinámicas serían menos intensas. Los medios de comunicación no son una causa, sino un amplificador. - ¿No es más importante la claridad moral que la ambivalencia en tiempos de una guerra de agresión?
La claridad moral es importante. Pero la capacidad de ser ambivalente es igual de importante. La democracia significa soportar contradicciones. Si la claridad moral suplanta toda diferenciación, el discurso se empobrece. La fuerza se demuestra no sólo en posiciones claras, sino también en la capacidad de nombrar realidades complejas. - ¿Puede separarse realmente el arte de la política?
Probablemente no del todo. La cultura siempre ha sido política. Pero la cuestión es si las obras y los artistas deben juzgarse únicamente en función de su filiación nacional. El artículo no aboga por la neutralidad política a toda costa, sino por el examen individual en lugar de la atribución general. - ¿No es injusto acusar a las instituciones de actuar por miedo?
Las instituciones actúan por responsabilidad, y la responsabilidad implica sopesar los riesgos. El miedo no se entiende aquí en términos morales, sino estructurales: el miedo a la pérdida de control, al daño de imagen o a la escalada política. Nombrar este mecanismo no significa condenarlo moralmente. - ¿Por qué es tan importante la transparencia?
Porque la transparencia genera confianza. Incluso las decisiones controvertidas tienen más probabilidades de ser aceptadas si sus fundamentos son comprensibles. La falta de transparencia, en cambio, alimenta la especulación y refuerza la impresión de arbitrariedad. - ¿Hay pruebas de una estrategia coordinada para reducir los espacios de debate?
El artículo muestra que los mecanismos estructurales son suficientes para generar efectos similares. La lógica de la reputación, la compresión moral y la aceleración digital conducen a reacciones paralelas sin necesidad de un control centralizado. - En su opinión, ¿cuál sería una señal positiva para una sana cultura del debate?
Instituciones que permitan la diferenciación incluso bajo presión. Medios de comunicación que no moralicen apresuradamente cuestiones complejas. Decisiones políticas que se expliquen con transparencia. Y ciudadanos que critiquen sin etiquetar precipitadamente. - ¿Es este artículo en última instancia una conclusión pesimista?
No. Es un balance sobrio. Las democracias han sobrevivido a crisis en el pasado precisamente porque son capaces de autocorregirse. El análisis no pretende crear miedo, sino conciencia. La concienciación es el requisito previo para garantizar que la apertura no se pierda gradualmente, sino que se defienda conscientemente.











