Cuando se habla de energía, muchos piensan primero en electricidad: luces, enchufes, centrales eléctricas. Pero, en realidad, la vida cotidiana de Europa depende de una base más silenciosa: el calor y la energía de proceso. A lo largo de las décadas, el gas natural se ha convertido en una especie de columna vertebral invisible. No porque sea especialmente „bonito“, sino porque es práctico: es fácil de transportar, relativamente flexible en su uso y puede suministrarse de forma fiable en grandes cantidades. Para los hogares, significa calefacción y agua caliente. Para la industria, significa sobre todo una cosa: producción previsible.
Especialmente en industrias como la química, el vidrio, el acero, el papel, la cerámica o los fertilizantes, la energía no es simplemente un factor de coste que se „optimiza“. La energía es parte integrante del proceso. Si falla o deja de ser fiable, no es sólo una máquina la que se detiene: a menudo se detiene toda una planta, a veces toda una cadena de suministro. Este es el punto en el que la „política energética“ deja de ser una cuestión polémica abstracta y empieza a tener un impacto muy concreto en los puestos de trabajo, los precios, la disponibilidad y la estabilidad. Cualquiera que entienda esto comprende también por qué Nord Stream era mucho más que un simple proyecto de infraestructura en el fondo del mar para Europa.