Casi ningún otro país evoca imágenes tan fijas como Irán. Incluso antes de que se mencione un solo detalle, las asociaciones ya están ahí: mulás, opresión, protestas, fanatismo religioso, un Estado en conflicto permanente con su propia población. Estas imágenes son tan familiares que apenas se cuestionan. Parecen evidentes, casi de dominio público.
Y ahí radica el problema. Porque este „conocimiento“ rara vez procede de la experiencia personal. Proviene de titulares, de comentarios, de historias que se han repetido durante años. Irán es uno de esos países sobre los que mucha gente tiene opiniones muy claras, aunque nunca hayan estado allí, no hablen el idioma, no conozcan la vida cotidiana. La imagen es completa, coherente, aparentemente libre de contradicciones. Y precisamente por eso es tan convincente. Pero, ¿qué ocurre cuando una imagen se vuelve demasiado lisa?