Hay momentos en la historia en los que percibes que algo está cambiando. No bruscamente, no con una sola decisión, sino como una línea que recorre lenta pero inexorablemente el polvo de viejas certezas. Los últimos días han sido momentos así. Durante mucho tiempo me pregunté si realmente debía escribir este editorial; al fin y al cabo, ya he tratado en detalle el tema de Irán en otra ocasión y he dejado claro que sólo se puede entender este país y sus estructuras de poder si se observan las líneas de hace décadas. Pero son precisamente estas líneas las que ahora se han hecho visibles de nuevo, con más claridad que nunca.
Lo que me hace levantarme y prestar atención no son sólo los hechos concretos: los ataques nocturnos, la sobrecarga de las defensas antimisiles israelíes, la retórica de los líderes políticos, el creciente cambio de poder en el trasfondo. Es el patrón subyacente: la sensación de que estamos ante un conflicto que entra en una fase que será una pesadilla para cualquier estratega. Y precisamente por eso escribo este artículo: porque muchos ven la superficie, pero casi nadie entiende lo que se está cociendo debajo.